Hay decisiones que sabemos necesarias y, aun así, nos duelen.
Podemos terminar una relación después de años de conflictos y extrañar profundamente a esa persona. Podemos alejarnos de una familia que no respetaba nuestros límites y sentir culpa cuando comenzamos a tomar distancia. Podemos renunciar a un trabajo que estaba afectando nuestra salud y despertar preguntándonos si debimos resistir un poco más. La decisión tiene sentido y el dolor que genera, también.
A riesgo de equivocarme, una de las ideas que más confusión produce, es creer que una elección correcta debe sentirse bien desde el principio, no siempre sucede así, en ocasiones elegimos algo necesario y después atravesamos emociones que parecen contradecir nuestra decisión, extrañamos, dudamos, idealizamos lo que dejamos, recordamos los momentos buenos y comenzamos a minimizar aquello que nos llevó a terminar.
La mente busca disminuir la pérdida, para conseguirlo puede reconstruir el pasado y mostrarlo como un lugar más seguro de lo que realmente fue.
Según lo que yo pienso, una parte importante del trabajo con El Enamorado consiste en aprender a escuchar nuestras emociones sin convertirlas automáticamente en instrucciones.
Sentir tristeza no siempre significa que debemos volver, sentir culpa no demuestra que fuimos injustos, sentir miedo no confirma que elegimos mal, sentir nostalgia no convierte el pasado en el lugar al que todavía pertenecemos.
Las emociones tienen algo que decir, pero no siempre dicen lo que creemos.
La culpa puede aparecer porque comenzamos a hacer algo que antes nos estaba prohibido. La tristeza puede mostrar que una etapa importante terminó, aunque terminarla haya sido necesario. El miedo puede surgir porque abandonamos una forma de vida conocida y todavía no sabemos cómo será la siguiente. La nostalgia puede recordar aquello que también fue valioso, sin negar lo que dejó de funcionar.
Podemos amar a alguien y reconocer que no podemos continuar relacionándonos de la misma manera. Podemos agradecer una experiencia y aceptar que ya terminó. Podemos lamentar una pérdida sin convertirla en un error.
Esto no significa que nunca debamos revisar nuestras decisiones. Podemos actuar impulsivamente, equivocarnos o descubrir que no consideramos algo importante, la diferencia está en no tomar el dolor como la única prueba. Antes de regresar, quizá convenga preguntarnos qué extrañamos realmente:
¿Extrañamos a la persona o la sensación de no estar solos?
¿Extrañamos el trabajo o la seguridad que nos proporcionaba?
¿Extrañamos a nuestra familia o seguimos esperando recibir de ella aquello que nunca pudo ofrecernos?
¿Queremos recuperar lo que dejamos o buscamos terminar con la incertidumbre que apareció después?
Una de las dificultades de elegir consiste en que no solo tomamos una dirección, también perdemos una forma conocida de vivir, incluso cuando esa forma nos lastimaba.
El cuerpo y la mente necesitan tiempo para reconocer el cambio, por eso algunas decisiones conscientes no producen paz inmediata, primero producen un espacio vacío y ese espacio puede sentirse tan doloroso que regresar parece más sencillo que descubrir qué podemos construir después.
Tal vez el trabajo interior no consiste en dejar de sentir dolor al elegir, tal vez consiste en aprender a atravesarlo sin utilizarlo como una razón automática para volver a aquello que ya habíamos reconocido que necesitábamos dejar.
Quiero dejarte una pregunta: ¿Eso que hoy deseas recuperar todavía puede darte una vida diferente o únicamente puede terminar con el dolor momentáneo de haberlo perdido?
Si sabes por qué tomaste una decisión, pero la culpa, el miedo o la nostalgia siguen debilitándola, quizá no necesites que alguien decida por ti, es necesario comprender qué estás perdiendo realmente y por qué esa pérdida continúa teniendo tanto poder sobre tus elecciones. En un proceso terapéutico podemos trabajar ese conflicto sin reducirlo a “debes soltar”.
"De EL LOCO a EL MUNDO"
Método Psicoevolutivo de Transformación Arquetípica.
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