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ACEPTA LO QUE QUIERES Y HAZTE RESPONSABLE

No siempre sabemos lo que queremos. Hay decisiones que necesitan tiempo porque nuestros sentimientos son contradictorios, nos falta información o todavía necesitamos comprender qué está ocurriendo con nosotros.


Pero también sucede algo diferente: sabemos lo que queremos y no queremos admitirlo.


En consulta esta diferencia aparece con frecuencia. Una persona puede pasar mucho tiempo explicando por qué todavía no sabe si quiere continuar una relación, cambiar determinada situación, alejarse de alguien o hacer algo que desea. Hay momentos en los que la duda es real, pero otras veces, cuando comenzamos a profundizar, descubrimos que la respuesta lleva bastante tiempo ahí.


El problema es que aceptarla tendría consecuencias.


Tal vez aquello que quiero contradice lo que mi familia espera de mí, la educación que recibí, mis valores o incluso la imagen que tengo de mí mismo. Entonces puedo comenzar a construir explicaciones alrededor de mi deseo para no tener que reconocerlo directamente.


Ahí encuentro uno de los conflictos que trabajo con La Justicia. La carta no tiene los ojos vendados. Nos mira de frente. Para mí, esa mirada exige terminar con la hipocresía interior y reconocer aquello que pensamos, sentimos y queremos sin maquillarlo inmediatamente para hacerlo más aceptable.


Eso no significa que tengamos que hacer todo lo que deseamos.


Puedo reconocer que quiero abandonar algo y decidir permanecer. Puedo sentir un deseo y elegir no realizarlo. Puedo aceptar un pensamiento que contradice mis valores y decidir que no quiero convertirlo en un acto. Aceptar lo que existe dentro de mí y decidir qué hago con ello son momentos diferentes.


Ahí aparece la responsabilidad.


Mientras sigo diciendo “no sé” cuando en realidad sí sé, puedo aplazar indefinidamente aquello que implicaría reconocer mi respuesta. Cuando finalmente puedo decir “esto es lo que quiero”, aparece una pregunta mucho más difícil: ¿qué voy a hacer con lo que ahora acepto de mí?


Para mí, la individuación no consiste en construir una versión ideal de nosotros mismos. Implica poder mirar nuestra subjetividad incluso cuando encontramos deseos, pensamientos o emociones que chocan con aquello que considerábamos correcto.


En un proceso terapéutico algunas personas no necesitan que alguien les diga qué quieren. Ya lo saben. Necesitan un espacio donde puedan dejar de justificarlo, reconocerlo sin condenarse y comenzar a responsabilizarse de lo que harán con ello.


Porque aceptar lo que quieres no te obliga a hacerlo. Pero mientras necesites convencerte de que no lo quieres, difícilmente podrás decidir con libertad qué hacer.


¿Qué cambiaría si dejaras de justificar lo que quieres y simplemente comenzaras por reconocerlo?


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DE ADULTO, AUTORÍZATE LO QUE TE PROHIBIERON DE NIÑO

Hay algo que aparece con frecuencia en mi consulta. Una persona me cuenta algo que desea hacer y después explica todas las razones por las que no puede hacerlo. Cuando comenzamos a revisar esas razones, algunas veces descubrimos algo interesante: en realidad sí puede, pero no se lo permite.


De niños esto tenía sentido. Dependíamos de adultos que decidían qué podíamos hacer, qué estaba prohibido, cómo debíamos comportarnos y cuáles de nuestros deseos eran aceptables. Escuchamos frases como “eso no se hace”, “no digas eso”, “tú no puedes”, “eso no es para ti” o “qué van a pensar de ti”.


Después crecemos, podemos elegir nuestra profesión, nuestras relaciones, nuestra manera de vestir, dónde vivir, cómo utilizar nuestro tiempo y muchas otras cosas. Sin embargo, algunas prohibiciones continúan funcionando dentro de nosotros como si todavía necesitáramos que alguien nos diera permiso.


Ahí aparece una pregunta que me gusta trabajar con mis pacientes:

¿Quién te lo está prohibiendo hoy?


La respuesta algunas veces es sorprendente porque la persona que estableció aquella prohibición ya no participa en la decisión, incluso puede haber muerto hace muchos años. Nadie está diciendo que no y, aun así, seguimos esperando escuchar un sí.


En La Justicia, autorizarse no significa rebelarse contra nuestros padres ni hacer todo aquello que alguna vez estuvo prohibido. Si hago algo solamente para demostrar que ahora nadie puede impedírmelo, aquella prohibición todavía participa en mi decisión.


La individuación requiere otro movimiento. Necesito preguntarme qué quiero yo, qué me resulta justo dentro de mi propia subjetividad y qué estoy dispuesto a hacer con aquello que descubro.


Puedo conservar algunas enseñanzas recibidas porque hoy también corresponden con mis propios criterios. Puedo abandonar otras porque descubro que solamente las seguía obedeciendo. Lo importante es comenzar a reconocer quién está tomando la decisión.


Y ahí entra la responsabilidad. Autorizarme no significa que mis decisiones dejen de tener consecuencias. Significa que puedo darme permiso para elegir y también hacerme responsable de aquello que produzca mi elección.


En terapia encuentro personas que saben desde hace mucho tiempo qué desean hacer. Su dificultad no consiste en encontrar una respuesta. Consiste en descubrir por qué, siendo adultas, todavía necesitan sentirse autorizadas para vivirla.


Tal vez una parte importante de crecer interiormente sea poder decir: esto es lo que quiero, puedo decidirlo y estoy dispuesto a responsabilizarme de mi decisión.


¿Qué sigues esperando que alguien te permita hacer?


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NO ERES CULPABLE DE TODO LO QUE PIENSAS

No todos nuestros pensamientos corresponden con la persona que creemos ser. Podemos amar a alguien y sentir deseos de alejarnos, cuidar durante años a una persona y un día pensar que estamos cansados de hacerlo, sentir celos cuando quisiéramos alegrarnos por alguien o experimentar satisfacción cuando le ocurre algo malo a una persona que nos lastimó.


Muchas veces aparece inmediatamente un juicio: “No debería pensar esto.”


El pensamiento deja entonces de ser algo que podemos explorar y se convierte en una prueba contra nosotros mismos. Ya no preguntamos por qué apareció, comenzamos a preguntarnos qué clase de persona somos por haberlo pensado.


En La Justicia podemos cuestionar precisamente esa manera de relacionarnos con nuestra subjetividad. Pensar algo no significa hacerlo. Sentir algo tampoco significa que tengamos que actuar en consecuencia. Entre aquello que aparece dentro de nosotros y aquello que decidimos hacer existe un espacio donde podemos comprender y responsabilizarnos.


Una persona puede pensar “ya no quiero cuidar a mi padre” y sentirse profundamente culpable. Sin embargo, explorar ese pensamiento puede llevarla a reconocer años de agotamiento, enojo que nunca se permitió expresar, una relación complicada con su padre o simplemente la necesidad de recibir ayuda. Si condena el pensamiento antes de escucharlo, probablemente nunca llegue a esas preguntas.


Lo mismo ocurre con muchas partes de nosotros que preferimos mantener alejadas de la imagen que hemos construido. Queremos considerarnos generosos y aparece la envidia, queremos ser agradecidos y sentimos hartazgo, queremos amar y también sentimos enojo.


Nuestra subjetividad no tiene la obligación de ser moralmente ordenada.


Para mí, la individuación requiere poder reconocer esas contradicciones. Si únicamente admitimos aquello que coincide con la persona que consideramos correcto ser, corremos el riesgo de conocernos solamente dentro de los límites de nuestra propia aceptación.


Eso no significa justificar todo lo que pensamos ni convertir cada deseo en una conducta. Precisamente ahí aparece la responsabilidad. Puedo reconocer mi enojo sin lastimar a alguien, escuchar un deseo sin realizarlo o aceptar una fantasía sin convertirla en una decisión.


En terapia, aquello que una persona dice con vergüenza algunas veces resulta mucho más revelador que aquello que puede contar sin dificultad. No porque esconda necesariamente algo terrible, sino porque ahí suele existir una parte de su experiencia que lleva mucho tiempo siendo juzgada antes de poder ser comprendida.


¿Qué podrías descubrir de ti si antes de juzgar algunos de tus pensamientos te permitieras preguntar por qué están ahí?


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EL CONFLICTO ENTRE LO QUE QUIERO Y LO QUE ES

Hay momentos en los que aquello que queremos coincide con la realidad y prácticamente no existe conflicto. Quiero permanecer con alguien que también quiere permanecer conmigo, deseo conseguir algo y lo consigo, espero determinada respuesta y la recibo. El problema comienza cuando lo que quiero y lo que es toman caminos diferentes.


Puedo querer que alguien me ame, pero esa persona no me ama. Puedo querer que mi pareja cambie, pero no quiere hacerlo. Puedo desear que algo de mi pasado jamás hubiera sucedido, pero sucedió. Incluso puedo tener razones perfectamente comprensibles para querer una realidad diferente y eso no modifica la que tengo enfrente.


Una parte importante del sufrimiento puede aparecer precisamente ahí. No solamente me duele lo que ocurre, también me peleo con el hecho de que esté ocurriendo. Pienso cómo debería ser la otra persona, cómo tendría que haber reaccionado, qué tendría que haber pasado o cómo deberían haber resultado las cosas.


En La Justicia trabajo esto desde una idea que puede resultar difícil al principio: la realidad es perfecta.


No significa que todo sea bueno, agradable o deseable. Una pérdida puede ser profundamente dolorosa, una separación puede lastimarnos y una situación puede parecernos injusta. Cuando digo perfecta me refiero a algo mucho más sencillo: lo que es, es exactamente lo que es.


Aceptar eso tampoco significa resignarnos. Si existe algo que puedo transformar, reconocer la realidad me permite actuar sobre ella. Si no puedo cambiarla, me coloca frente a otro trabajo mucho más complejo, reconocer qué voy a hacer yo con aquello que existe, aunque no sea lo que quería.


Aquí aparece nuestra subjetividad. Dos personas pueden encontrarse frente a situaciones semejantes y vivirlas de maneras completamente diferentes. Por eso el trabajo no consiste en decirle a alguien cómo debería sentirse, sino en comprender qué significa esa realidad para esa persona.


También aparece la individuación. Conforme nos conocemos podemos aprender a distinguir entre “yo quiero que esto sea así” y “esto es así”. Mi deseo no necesita desaparecer, pero tampoco necesita convertirse en una exigencia hacia la realidad.


A riesgo de equivocarme, muchas veces comenzamos a movernos psicológicamente cuando dejamos de preguntarnos por qué las cosas no son como queremos y aparece una pregunta diferente:


Esto es lo que hay, ¿Qué voy a hacer yo frente a ello?


En un proceso terapéutico esa pregunta puede abrir un trabajo profundo. No para enseñarnos a conformarnos, sino para descubrir por qué determinadas realidades nos resultan tan difíciles de aceptar, qué seguimos esperando de ellas y qué parte de nuestra vida permanece detenida mientras intentamos que algo sea diferente.


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ENTRE LO JUSTO Y LO CORRECTO, ELIGE LO JUSTO

Desde pequeños aprendemos muchas cosas sobre lo que está bien y lo que está mal. Una parte importante de nuestra educación consiste precisamente en eso, alguien nos enseña cómo debemos comportarnos, qué podemos hacer, qué no deberíamos hacer, cuáles conductas reciben aprobación y cuáles producen rechazo. 


Con los años esas enseñanzas se vuelven mucho más complejas. Aprendemos qué significa ser un buen hijo, una buena pareja, un buen padre, un buen amigo, una persona responsable, generosa o agradecida. También aprendemos qué pensamientos son aceptables, qué emociones deberíamos controlar, qué deseos pueden expresarse y cuáles conviene mantener escondidos. 


No considero que todo eso sea necesariamente malo. Vivimos con otras personas y necesitamos construir acuerdos, límites y formas de convivencia. El conflicto comienza cuando utilizamos esas categorías para relacionarnos con nuestra propia subjetividad y dejamos de preguntarnos qué ocurre realmente dentro de nosotros. 


Según lo que yo pienso, uno de los conflictos más importantes que podemos trabajar a través de La Justicia aparece cuando aquello que consideramos correcto comienza a producirnos malestar y, aun así, seguimos haciéndolo porque hacer algo diferente nos haría sentir egoístas, irresponsables, desagradecidos o culpables. 


Una persona puede considerar correcto estar disponible para su familia cada vez que la necesitan y terminar completamente agotada. Puede pensar que debe conservar una relación porque existe un compromiso y pasar años reconociendo que ya no quiere permanecer ahí. Puede creer que una buena persona siempre perdona y obligarse a acercarse nuevamente a alguien cuando todavía necesita distancia. Incluso puede experimentar un deseo perfectamente claro y dedicar mucho tiempo a construir razones para demostrar por qué no debería sentirlo. 


En todos esos casos solemos preguntarnos qué sería lo correcto. 


Yo propongo comenzar a introducir otra pregunta: ¿qué sería justo para mí? 


La diferencia es importante. Lo correcto suele estar relacionado con criterios que ya conocemos, mientras que descubrir lo justo requiere reconocer nuestra subjetividad. Nadie puede construir una regla general que determine qué necesita cada individuo para su bienestar porque una misma situación puede adquirir significados completamente diferentes según la historia, los deseos, los vínculos y los conflictos de cada persona. 


Eso tampoco significa convertir “lo justo para mí” en una justificación para hacer cualquier cosa. Si utilizáramos La Justicia para decir “hago lo que quiero y los demás tendrán que aceptarlo”, solamente habríamos construido otra manera de evitar nuestra responsabilidad. 


Elegir lo justo implica hacernos responsables. 


Puedo reconocer que necesito poner distancia con una persona y aceptar que esa decisión tendrá consecuencias. Puedo decir que no a algo que antes aceptaba y comprender que alguien puede molestarse. Puedo abandonar una conducta que recibía aprobación y encontrarme con personas que no entiendan mi decisión. También puedo elegir algo pensando que favorecerá mi bienestar y descubrir posteriormente que me equivoqué. 


La responsabilidad no garantiza que siempre sepamos qué hacer, simplemente nos devuelve la posibilidad de reconocer que estamos participando en nuestra propia vida. 


A riesgo de equivocarme, ahí existe una diferencia importante entre culpa y responsabilidad. Cuando convertimos todo en bueno o malo podemos terminar preguntándonos si somos buenas o malas personas por aquello que pensamos, sentimos o hacemos. La responsabilidad permite formular preguntas diferentes: ¿qué estoy haciendo?, ¿qué produce esto en mí?, ¿me resulta útil para mi bienestar?, ¿qué consecuencias estoy dispuesto a asumir? 


Esto también permite observar pensamientos y emociones de otra manera. Sentir enojo no necesita convertirnos en malos, sentir celos no demuestra que seamos personas negativas y pensar algo que nos avergüenza no significa que vayamos a convertirlo en un acto. Podemos reconocer lo que aparece dentro de nosotros antes de apresurarnos a condenarlo. 


Nuestra subjetividad no necesita coincidir permanentemente con aquello que aprendimos que deberíamos sentir. 


Para mí, esto también tiene una relación profunda con la individuación. Conforme nos conocemos podemos comenzar a diferenciar aquello que realmente pertenece a nuestra experiencia de las ideas, expectativas y valores con los que nos identificamos durante nuestra historia. Algunas seguirán teniendo sentido y las conservaremos, otras quizá descubramos que ya no corresponden con nosotros. 


El objetivo no sería convertirnos en personas que solamente hacen aquello que les produce placer inmediato. El bienestar del que hablo es mucho más amplio y requiere responsabilidad, porque algunas decisiones necesarias pueden resultar difíciles, provocar miedo, producir tristeza o exigir atravesar momentos dolorosos. 


Por eso lo justo no siempre será lo más fácil. 


Puede ser mucho más sencillo continuar haciendo aquello que sabemos hacer, conservar la aprobación de los demás y seguir respondiendo de la manera que se espera de nosotros. Lo difícil algunas veces será reconocer que algo considerado correcto lleva demasiado tiempo produciéndonos malestar. 


¿Cuántas cosas continúas haciendo porque consideras que son correctas, aunque hace tiempo dejaron de ser justas para ti? 


En un proceso terapéutico no considero que mi función sea decirle a una persona cuál es la decisión correcta. Me parece mucho más interesante acompañarla a reconocer su propia subjetividad, comprender qué produce bienestar y malestar dentro de su experiencia y asumir progresivamente la responsabilidad de construir una vida que corresponda más profundamente con quien es. 


Tal vez ahí comienza una de las tareas fundamentales de La Justicia: dejar de vivir intentando aprobar permanentemente un examen sobre lo correcto y comenzar a asumir la responsabilidad de descubrir qué es justo para nosotros. 


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OBLÍGATE A HACER LO QUE DESEAS HACER

Hay una frase que utilizo algunas veces durante el trabajo con mis pacientes: “Oblígate a hacer lo que deseas hacer”. 


Puede parecer contradictoria. Si realmente queremos hacer algo, podríamos pensar que debería surgir espontáneamente el deseo de hacerlo y que obligarnos sería una señal de que en realidad no lo queremos. Sin embargo, nuestra experiencia cotidiana suele mostrarnos algo bastante diferente. 


Podemos desear mejorar nuestra condición física y no tener ganas de levantarnos a entrenar. Podemos querer terminar un proyecto y preferir hacer cualquier otra cosa cuando llega el momento de trabajar. Podemos querer estudiar, ahorrar dinero, ordenar algún aspecto de nuestra vida o abandonar una conducta que sabemos que nos perjudica y, llegado el momento concreto, sentir muchas más ganas de hacer exactamente lo contrario. 


Eso no necesariamente significa que nuestro deseo sea falso. 


Significa que lo que deseamos para nuestra vida y lo que tenemos ganas de hacer en un momento determinado no siempre coinciden. 


Según lo que yo pienso, esta diferencia es importante porque algunas personas esperan sentir ganas para comenzar a hacer aquello que desean. Mientras la motivación está presente avanzan con bastante facilidad, pero cuando desaparece comienzan las negociaciones: hoy estoy cansado, mañana tendré más tiempo, esta semana ha sido complicada, por una vez no pasa nada, el lunes comienzo nuevamente. 


Cada argumento considerado de manera independiente puede ser perfectamente razonable. El problema aparece cuando llevamos meses o años produciendo argumentos razonables para no hacer aquello que nosotros mismos decimos que queremos hacer. 


Ahí utilizo esa frase: oblígate a hacer lo que deseas hacer. 


No me refiero a convertir nuestra vida en una disciplina rígida ni a cumplir ciegamente cualquier decisión que hayamos tomado. Tenemos derecho a cambiar de opinión. Podemos descubrir que algo dejó de interesarnos, reconocer que elegimos equivocadamente o comprender que nuestras circunstancias actuales requieren otra decisión. 


Cambiar conscientemente una decisión porque nuestras razones cambiaron es completamente diferente a renegociarla cada vez que cumplirla requiere hacer algo que momentáneamente no queremos hacer. 


A riesgo de equivocarme, hay momentos en los que seguir negociando con nosotros mismos deja de ser una forma de reflexión y se convierte en una manera bastante sofisticada de postergar. 


Ya sabemos que queremos hacerlo. Ya sabemos por qué lo queremos. Ya tomamos una decisión. Lo único que ocurre es que hoy no tenemos ganas de realizar la parte necesaria para sostenerla. 


En esos momentos quizá no necesitamos volver a preguntarnos qué queremos. 


Necesitamos levantarnos y hacerlo. 


Para mí, ahí aparece una integración muy importante de El Carro y de su idea de conquista de uno mismo. No se trata de derrotar una parte de nosotros ni de imponer permanentemente la voluntad sobre cualquier necesidad. Se trata de aprender a conducir nuestra conducta cuando aquello que deseamos construir y aquello que nos resulta agradable inmediatamente toman caminos diferentes. 


Hay además otro aspecto que considero importante: la palabra que nos otorgamos. 


Cuando le damos nuestra palabra a otra persona solemos comprender que existe un compromiso. Si constantemente prometemos algo y no lo cumplimos, esa persona terminará dejando de confiar en nosotros. Curiosamente, podemos hacer algo semejante con nosotros mismos sin detenernos demasiado a pensar en sus consecuencias. 


Decimos que mañana comenzaremos, que esta vez terminaremos, que vamos a dejar determinada conducta, que utilizaremos nuestro tiempo de otra manera o que finalmente haremos aquello que llevamos meses postergando. Después llega el momento y negociamos nuevamente. 


Si esto se repite muchas veces, el problema deja de ser únicamente aquello que no conseguimos hacer. También podemos comenzar a perder confianza en nuestra propia palabra. 


Nos decimos “ahora sí” y una parte de nosotros ya sabe que probablemente no sea cierto. 


Recuperar esa confianza no requiere hacer promesas más grandes. Tal vez comienza haciendo aquello que decidimos hacer, especialmente en esos días en que no tenemos demasiadas ganas. 


Esto también puede ser trabajado en un proceso terapéutico porque no toda postergación se resuelve con disciplina. Algunas veces necesitamos comprender por qué negociamos determinadas decisiones, qué evitamos cuando llega el momento de llevarlas a la realidad y por qué podemos sostener compromisos con otras personas mientras nuestros propios compromisos son siempre los primeros que estamos dispuestos a modificar. 


¿Cuántas cosas dices que deseas mientras esperas tener ganas de hacer lo necesario para conseguirlas? 


Tal vez una parte de la conquista de nosotros mismos consiste precisamente en eso: que aquello que decidimos conscientemente para nuestra vida tenga suficiente valor como para conducir nuestra conducta también cuando nuestras ganas momentáneas quieren otra cosa. 


Hay momentos para reconsiderar nuestras decisiones. 


Y hay momentos para dejar de negociar, levantarnos y hacer lo que deseamos hacer. 


Si reconoces con claridad aquello que quieres, pero constantemente terminas negociando contigo mismo las acciones necesarias para conseguirlo, podemos comenzar a trabajar desde ahí. 


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ASUME TUS TALENTOS Y TUS VIRTUDES

Cuando hablamos de conocernos solemos prestar mucha atención a nuestras dificultades. Queremos comprender nuestros conflictos, reconocer nuestros defectos, descubrir aquello que necesitamos cambiar y observar las partes de nosotros mismos que todavía nos producen problemas. 


Todo eso forma parte del trabajo interior, pero conocernos también tendría que permitirnos reconocer aquello que hacemos bien. 


Podemos tener facilidad para enseñar, escribir, escuchar, organizar, crear, dirigir, aprender, acompañar a otras personas o resolver determinados problemas. También podemos haber desarrollado paciencia, sensibilidad, disciplina, creatividad, perseverancia o cualquier otra virtud que se haya convertido en un recurso importante dentro de nuestra vida. 


Sin embargo, no siempre resulta sencillo reconocer esas cualidades abiertamente. Algunas personas pueden hablar durante horas de aquello que necesitan mejorar y sentirse incómodas cuando tienen que reconocer algo que hacen especialmente bien. 


Tal vez hemos confundido humildad con disminuir nuestras capacidades. 


Según lo que yo pienso, una integración importante de El Carro consiste en asumir nuestros talentos y nuestras virtudes, no para sentirnos superiores a otras personas, sino para reconocer con qué recursos contamos y comenzar a preguntarnos qué queremos hacer con ellos. 


Porque cuando reconocemos una capacidad aparece cierta responsabilidad. 


Si sé que tengo facilidad para algo, puedo desarrollarla o dejarla prácticamente intacta. Si reconozco una virtud, puedo encontrar una manera de expresarla en mi vida o limitarme a considerarla una característica agradable de mi personalidad. 


Un talento puede permanecer durante años como posibilidad. 


Podemos saber que escribimos bien y nunca terminar aquello que queremos escribir, podemos tener facilidad para enseñar y nunca construir un espacio donde hacerlo, podemos ser creativos y mantener nuestras ideas permanentemente dentro de nuestra imaginación. Incluso podemos pasar mucho tiempo diciendo que algún día haremos algo con determinada capacidad sin llegar a descubrir qué ocurriría si realmente la desarrolláramos. 


Mientras permanece ahí, también permanece protegida. 


Podemos imaginar que seríamos buenos haciéndolo, pero no tenemos que encontrarnos todavía con nuestros límites. Cuando comenzamos a utilizar una capacidad en la realidad aparecen la práctica, los errores, las correcciones, aquello que todavía necesitamos aprender y la posibilidad de descubrir que tener facilidad para algo no significa dominarlo. 


A riesgo de equivocarme, creo que asumir nuestros talentos también implica aceptar esa parte. 


No basta con decir “soy bueno para esto”. Hay que estar dispuesto a descubrir qué necesita esa capacidad para crecer. 


Por eso salir de nuestra comodidad no necesariamente significa hacer algo extremo o buscar situaciones difíciles. Puede significar simplemente dejar de mantener una parte importante de nosotros en el terreno de las posibilidades y comenzar a darle una forma concreta. 


Tal vez tengamos que estudiar algo que hemos postergado, terminar un proyecto, mostrar nuestro trabajo, construir un espacio propio, practicar una habilidad o tomar una decisión que permita utilizar capacidades que nuestra vida actual apenas necesita. 


Eso no garantiza ningún resultado. 


Tampoco convierte nuestros talentos en una obligación de producir constantemente ni significa que tengamos que convertir cada capacidad en dinero, reconocimiento o profesión. La responsabilidad está en decidir conscientemente qué queremos hacer con aquello que reconocemos en nosotros, en lugar de permitir que pasen los años sin formular siquiera la pregunta. 


¿Qué talento o virtud reconoces en ti, pero todavía no has asumido completamente? 


En un proceso terapéutico también podemos encontrarnos con esta dificultad. Hay personas que conocen bastante bien sus capacidades, pero cuando intentan llevarlas a la realidad aparecen temores, dudas, formas de protegerse o maneras de permanecer dentro de una vida conocida que no habían relacionado con ellas. 


El trabajo no necesariamente consiste en decirles que crean más en sí mismas. Puede ser mucho más interesante comprender qué ocurre cuando aquello que saben de sí mismas comienza a pedirles una forma diferente de vivir. 


Para mí, la conquista de uno mismo que representa El Carro también incluye esto: reconocer nuestras limitaciones sin negar nuestros recursos, asumir aquello que podemos hacer y aceptar la responsabilidad de descubrir hasta dónde queremos desarrollarlo. 


Conocernos nos permite reconocer nuestros talentos y nuestras virtudes, pero llega un momento en que conocernos ya no es suficiente. 


También tendremos que decidir qué vamos a hacer con aquello que sabemos de nosotros mismos. 


Si reconoces capacidades que llevan demasiado tiempo permaneciendo solamente como posibilidades, un proceso terapéutico puede ayudarnos a comprender qué ocurre cuando intentas darles un lugar real en tu vida. 


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LO QUE SIENTES TAMBIÉN NECESITA UNA DIRECCIÓN

Podemos saber perfectamente qué sentimos, estoy enojado, estoy triste, tengo miedo, estoy frustrado, incluso podemos comprender bastante bien por qué nos sentimos así, pero hay una pregunta que no siempre sabemos responder ¿Qué hago con esto que siento? 


Según lo que yo pienso, aquí encontramos una integración importante de El Carro si recuperamos una de sus posibilidades más importantes: la conquista de uno mismo. 


Conquistarnos no significa convertirnos en personas imperturbables, tampoco dominar nuestras emociones hasta conseguir que solo aparezcan aquellas que consideramos adecuadas, eso sería confundir integración con represión. 


Las emociones se presentan, algunas nos agradan, otras pueden desorganizarnos durante un tiempo, pero todas ellas producen algo dentro de nosotros y pueden movilizarnos a actuar. 


El enojo es un buen ejemplo, podemos tener razones legítimas para estar enojados, alguien cruzó un límite, nos trataron injustamente, estamos cansados de una situación que lleva demasiado tiempo repitiéndose, el enojo puede ayudarnos a reconocer que algo necesita cambiar, pero tener razones para estar enojados no convierte automáticamente en adecuada cualquier conducta que aparezca después. 


Podemos utilizar esa fuerza para hablar, poner un límite o tomar una decisión, pero también podemos utilizarla para lastimar. La legitimidad de una emoción no garantiza la utilidad de nuestra respuesta. 


Esta diferencia me parece fundamental porque algunas personas pasan mucho tiempo intentando controlar lo que sienten, otras hacen exactamente lo contrario y consideran que expresar una emoción significa actuar de acuerdo con ella. 


Tal vez exista otra posibilidad, sentir plenamente lo que aparece y después decidir qué queremos hacer con eso, ahí la emoción deja de ser una orden, puede convertirse en información, puede mostrarnos algo que estamos necesitando reconocer y también puede proporcionar la fuerza necesaria para modificar una situación. 


A riesgo de equivocarme, eso se acerca mucho más a la conquista de uno mismo. No vencemos una parte de nosotros, aprendemos a conducirla. 


Esto parece sencillo cuando lo escribimos, pero en la vida cotidiana puede ser bastante más complicado porque muchas de nuestras respuestas emocionales no comenzaron ayer, las llevamos repitiendo años, incluso décadas. 


Hay personas que cuando se enojan atacan, otras se retiran, algunas guardan lo ocurrido durante días y lo recuperan después. No basta con reconocer el patrón para modificarlo, podemos saber perfectamente cómo reaccionamos y continuar haciéndolo. 


Por eso me parece importante distinguir conciencia emocional de transformación emocional. Reconocer lo que sentimos es una parte del trabajo, descubrir qué hacemos repetidamente con ello y construir otra manera de responder requiere algo más. 


¿Qué haces habitualmente con aquello que sientes cuando una emoción adquiere mucha fuerza dentro de ti? 


No me refiero a lo que sabes que sería conveniente hacer, me refiero a lo que realmente haces, ahí suele encontrarse información mucho más valiosa. Un proceso terapéutico puede permitirnos trabajar precisamente en ese espacio que existe entre sentir algo y actuar desde aquello que sentimos. 


Para mí, integrar El Carro también significa eso, aprender a conducir nuestra propia energía, no para eliminarla, sino para utilizarla de una manera que no termine llevándonos siempre al mismo lugar. 


Conquistarte a ti mismo no significa dejar de sentir aquello que te altera, significa que eso que sientes ya no decide por ti qué vas a hacer. 


Si reconoces tus emociones, pero sigues repitiendo respuestas que afectan tus relaciones o a ti mismo, podemos trabajar desde ese punto. 


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VOLVER A SER PRINCIPIANTE

Durante los primeros años de nuestra vida ser principiantes es algo completamente normal, no sabemos, preguntamos, observamos cómo lo hacen otros, nos equivocamos muchas veces antes de adquirir cierta habilidad. 


Después pasan los años y nuestra relación con esa experiencia puede cambiar. 


Aprendemos un oficio o una profesión, desarrollamos habilidades, acumulamos experiencia, hay situaciones que antes parecían complicadas y ahora resolvemos con bastante facilidad, incluso comenzamos a ocupar lugares donde otras personas nos preguntan a nosotros. 


Eso tiene algo muy satisfactorio, sabemos lo que hacemos, el problema puede aparecer cuando esa experiencia comienza a dificultarnos entrar en lugares donde nuevamente no sabemos. 


A riesgo de equivocarme, una integración interesante de El Carro consiste en conservar la capacidad de ser principiante, no porque tengamos que comenzar constantemente actividades nuevas, sino porque algunas cosas importantes que todavía podríamos aprender requieren aceptar durante un tiempo que no seremos especialmente buenos haciéndolas. 


Después de muchos años de preparación, eso puede resultar bastante incómodo, una persona puede comenzar una actividad que realmente le interesa y frustrarse porque avanza lentamente, puede sentirse extraña haciendo preguntas que considera demasiado básicas, puede compararse con quienes llevan años practicando, incluso puede decidir rápidamente que aquello “no es lo suyo”. 


Tal vez sea verdad, no todo lo que comenzamos tiene que interesarnos, pero algunas veces abandonamos antes de haber permanecido el tiempo suficiente para saberlo. 


Según lo que yo pienso, esto se vuelve especialmente interesante conforme acumulamos experiencia, cuanto más competente somos en ciertos aspectos de nuestra vida, más contraste existe cuando entramos a un territorio desconocido. 


De pronto necesitamos escuchar, esperar, practicar, preguntar, aceptar una corrección y reconocer que otra persona comprende algo mucho mejor que nosotros. 


No hemos perdido nuestras capacidades, simplemente esas capacidades no pueden sustituir el aprendizaje que todavía no tenemos. 


Hay algo profundamente fértil en esa posición, porque cuando dejamos de exigir que todo lo nuevo confirme rápidamente lo capaces que somos, podemos volver a descubrir cosas que no estaban previstas dentro de nuestra vida conocida. 


Esto también puede aparecer en un proceso terapéutico, una persona puede haber pensado muchísimo sobre sí misma, puede conocer conceptos psicológicos, puede haber pasado por otros tratamientos, puede comprender perfectamente algunos de sus conflictos y aun así encontrarse con algo que todavía no sabe.  


No considero que eso invalide todo el trabajo anterior, al contrario, puede ser precisamente el punto donde comienza un trabajo diferente, porque conocernos también requiere aceptar que algunas explicaciones que hemos construido sobre nosotros mismos no contienen todavía toda nuestra historia. 


¿En qué aspectos de tu vida hace demasiado tiempo que solamente permaneces donde sabes qué hacer? 


Tal vez la pregunta no sea qué necesitas dominar después, puede ser mucho más interesante descubrir en qué lugar todavía eres capaz de decir: ¡Esto no lo sé! 


Si esa posición te produce más dificultad de la que esperabas, un proceso terapéutico también puede ayudarnos a comprender qué significa para ti no saber, necesitar aprender o permitir que otra persona te acompañe mientras descubres algo que todavía no puedes explicar, podemos comenzar desde ahí. 


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CUANDO RECIBIR TE HACE SENTIR EN DEUDA

Hay personas a quienes les resulta muy sencillo dar. Pueden ayudar a alguien, tener una atención, escuchar durante horas o resolver un problema sin esperar demasiado a cambio. 


Pero cuando las posiciones se invierten, algo cambia. Alguien paga la comida, les hace un regalo importante, las ayudan cuando están atravesando una dificultad, les dedica tiempo y junto con el agradecimiento aparece rápidamente otro pensamiento: “Tengo que devolverle algo.” 


No necesariamente existe una exigencia de la otra persona, la deuda aparece dentro de nosotros. 


A riesgo de equivocarme, una integración interesante de El Carro puede aparecer cuando comenzamos a observar nuestra relación con aquello que recibimos, porque no todas las personas tienen dificultades para dar, algunas tienen dificultades para recibir. 


Esto puede pasar inadvertido precisamente porque corresponder suele considerarse algo positivo, y lo es, la reciprocidad es importante en nuestros vínculos, pero agradecer lo que alguien hace por nosotros es diferente a necesitar equilibrar inmediatamente la relación para volver a sentirnos tranquilos. 


Cuando eso ocurre, recibir puede resultar incómodo. Aceptamos algo, pero comenzamos a buscar cómo devolverlo. Nos ayudan y sentimos que ahora tenemos una obligación. Alguien nos cuida y poco después queremos encontrar una manera de cuidar nosotros. Incluso podemos rechazar ciertas cosas que necesitamos porque aceptar implicaría quedar en una posición que nos resulta difícil tolerar. 


Entonces el problema ya no es la generosidad, la pregunta está en otro lugar: ¿Qué significa para nosotros recibir algo que todavía no podemos devolver? 


Tal vez tememos que algún día nos lo reclamen, tal vez hemos aprendido que aceptar algo nos compromete, o puede resultarnos difícil reconocer que necesitamos de otras personas mucho más de lo que nos gusta admitir. 


Cada historia puede ser diferente, por eso decir simplemente “tienes que aprender a recibir” sirve de poco. Una persona puede saber perfectamente que no existe nada malo en aceptar ayuda y continuar sintiéndose incómoda cuando alguien hace algo importante por ella.  


Ahí existe una diferencia entre comprender una idea y comprender lo que esa experiencia significa en nuestra propia historia y ese punto me parece mucho más interesante, porque nuestra manera de recibir también dice algo sobre nuestra manera de vincularnos. 


¿Qué sientes cuando alguien hace por ti algo que no puedes devolver inmediatamente? 


No qué piensas que deberías sentir, qué ocurre realmente dentro de ti, si aparece agradecimiento, puedes disfrutarlo, si aparece deuda, obligación o necesidad de compensar, vale la pena preguntarnos de dónde viene. 


Un proceso terapéutico puede ayudarnos a encontrar esa respuesta sin reducirla a una explicación general porque algunas personas no necesitan aprender a ser más generosas, necesitan descubrir por qué les resulta mucho más sencillo estar del lado de quien da que permanecer, por un momento, del lado de quien recibe. 


Si reconoces algo de esto en tu manera de relacionarte, podemos comenzar desde ahí. 


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¿QUÉ PASA CUANDO YA LLEGASTE?

Durante buena parte de nuestra vida existen metas que parecen organizar naturalmente lo que sigue, terminar una formación, comenzar a trabajar, independizarnos, mejorar nuestros ingresos, construir una relación, desarrollar una profesión. 


No todas las personas siguen el mismo recorrido, pero suele existir algo hacia lo cual dirigir el esfuerzo. 


Durante años podemos responder con cierta facilidad una pregunta: ¿Qué sigue? 


Después pasa el tiempo, algunas cosas salen mal, otras salen bien y varias de aquellas metas que alguna vez parecían lejanas terminan convirtiéndose en nuestra vida cotidiana. 


A riesgo de equivocarme, una de las sombras más interesantes de El Carro puede aparecer justamente ahí, cuando no estamos frente al fracaso, cuando hemos llegado. 


Porque llegar también puede dejarnos sin la dirección que durante años organizó buena parte de nuestra identidad, esto puede ser difícil de reconocer, una persona puede tener una profesión estable, cierta seguridad económica, relaciones importantes y una vida que objetivamente funciona, no necesariamente está deprimida ni quiere abandonar todo, simplemente comienza a aparecer una pregunta que antes no necesitaba hacerse con tanta profundidad. 


¿Qué quiero ahora? 


La respuesta automática puede ser construir una nueva meta y puede ser una respuesta completamente válida, pero según lo que yo pienso, existe un momento en el que conviene distinguir entre tener un nuevo deseo y necesitar un nuevo destino. 


No son exactamente lo mismo, podemos pasar décadas sabiendo quiénes somos por aquello que estamos intentando construir, soy quien está estudiando para convertirse en esto, quien trabaja para conseguir aquello, quien intenta establecerse, quien está construyendo determinada vida, siempre existe una versión futura hacia la cual dirigirnos. 


Cuando algunas de esas grandes tareas terminan, ya no basta con seguir respondiendo quién queremos llegar a ser, puede aparecer otra pregunta: ¿Quién soy dentro de la vida que ya construí? 


No siempre tenemos una respuesta y precisamente porque somos personas funcionales podemos resolver rápidamente esa ausencia mediante otra meta, seguimos avanzando, pero llega una etapa en la que acumular destinos puede dejar de responder la pregunta, no porque tengamos que abandonar la ambición, tampoco porque exista una edad en la que debamos conformarnos con lo conseguido, el problema es otro. 


Una meta puede decirnos hacia dónde movernos, no necesariamente puede decirnos qué queremos hacer con nuestra existencia. 


Esa diferencia puede aparecer después de los cuarenta, cincuenta o sesenta años, aunque no pertenece exclusivamente a ninguna edad. 


De pronto existe suficiente historia detrás de nosotros como para reconocer todo aquello que hicimos, pero también suficiente vida adelante como para no querer limitarla a repetir el mismo recorrido con objetivos diferentes. 


Entonces la desorientación no necesariamente indica que algo salió mal, puede señalar que las respuestas con las que construimos una etapa de nuestra vida ya no son suficientes para construir la siguiente y eso merece algo más que encontrar rápidamente una nueva meta. 


Hay personas que llegan a terapia precisamente en este punto, no llegan porque su vida esté destruida, llegan porque funciona y ya no entienden por qué eso no responde algunas preguntas que comenzaron a aparecer. 


Han aprendido, han construido, han superado dificultades, saben resolver problemas, lo que no saben es qué desean hacer ahora con todo aquello que son. 


Ese tipo de pregunta difícilmente se resuelve con un consejo, necesita tiempo, profundidad y un espacio donde podamos distinguir deseos propios, expectativas que ya cumplieron su función y formas de vida que quizá seguimos sosteniendo solamente porque durante muchos años nos dieron dirección. 


Ahí puede comenzar una etapa particularmente fértil del trabajo interior, no necesitamos destruir lo construido, necesitamos conocer a la persona que llegó hasta aquí y preguntarle qué quiere ahora. 


Si ya no tuvieras que demostrar mediante una nueva meta que sigues avanzando, ¿qué elegirías hacer con los próximos años de tu vida? 


Tal vez tengas una respuesta inmediata, tal vez no, si tienes una vida construida, pero hace tiempo comenzó a aparecer una sensación de desorientación que no consigues explicar únicamente por tus circunstancias, puede ser un buen momento para comenzar un proceso terapéutico, no necesariamente porque algo esté mal, porque quizá aquello que te trajo hasta aquí ya no alcanza para decidir hacia dónde quieres dirigir la siguiente parte de tu vida, si reconoces ese momento, podemos comenzar desde ahí. 


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EMPEZAR DE NUEVO TAMBIÉN PUEDE SER UNA FORMA DE NO CERRAR

Hay personas con una capacidad extraordinaria para comenzar de nuevo, una relación termina y reconstruyen su vida, un proyecto fracasa y buscan otra posibilidad, una etapa importante se cierra y comienzan a imaginar rápidamente qué harán después. No permanecen demasiado tiempo detenidas frente a aquello que perdieron, continúan. 


A riesgo de equivocarme, una de las sombras de El Carro puede encontrarse precisamente dentro de esa capacidad, porque saber continuar no necesariamente significa saber cerrar. 


Hay finales que modifican nuestras circunstancias mucho antes de que consigamos comprender lo que produjeron dentro de nosotros, podemos saber perfectamente por qué terminó una relación y no haber comprendido todavía quiénes fuimos dentro de ella, podemos aceptar que un proyecto fracasó sin reconocer qué significaba para nosotros conseguirlo, podemos marcharnos de un lugar y descubrir mucho tiempo después cuánto de nuestra identidad permanecía ligado a él.  


El problema es que la vida no espera hasta que terminemos de comprender, aparecen nuevas personas, nuevas oportunidades, otros proyectos y podemos sentir nuevamente entusiasmo, entonces parece lógico continuar, hasta que en algún momento algo resulta familiar. 


No necesariamente elegimos a la misma persona ni repetimos exactamente las mismas circunstancias, la repetición puede encontrarse en otro lugar, en cómo nos vinculamos, en aquello que esperamos, en el momento en que decidimos marcharnos, en lo que vuelve a dolernos, entonces podemos comenzar a sospechar que cambiar de escenario no modificó todo aquello que creíamos haber dejado atrás. 


Según lo que yo pienso, elaborar un final no significa permanecer indefinidamente pensando en el pasado, tampoco exige encontrar una explicación perfecta, significa permitirnos reconocer qué terminó realmente y qué produjo ese final en nosotros. 


Eso necesita un tiempo diferente al de comenzar de nuevo, el movimiento puede ayudarnos a recuperar fuerza después de una pérdida, nos recuerda que existen otras posibilidades y que nuestra vida no terminó con aquello que perdimos, pero también puede ocupar rápidamente el espacio donde algunas preguntas apenas comenzaban a aparecer y si cada final encuentra inmediatamente un nuevo comienzo, podemos pasar muchos años avanzando sin regresar nunca a esas preguntas hasta que comienzan a aparecer dentro de las nuevas historias. 


Ahí puede llegar un momento importante, no cuando somos incapaces de continuar, precisamente cuando continuar dejó de ser suficiente. 


Hay personas que llegan a un proceso terapéutico en ese punto, han reconstruido su vida más de una vez, han tomado decisiones difíciles, no necesitan que alguien les enseñe a levantarse, lo han hecho muchas veces, lo que comienzan a preguntarse es por qué ciertas experiencias siguen encontrándolas, aunque cambien las personas, los lugares o las etapas. 


Esa pregunta necesita algo distinto a otro comienzo, necesita mirar la continuidad que existe entre historias que parecían completamente separadas. 


¿Qué llevaste contigo de una etapa que creías haber dejado atrás? 


Tal vez no sea evidente, precisamente por eso puede ser difícil verlo desde dentro de nuestra propia historia. Un proceso terapéutico puede ofrecer un espacio para detener esa sucesión durante un momento y observar qué permanece entre un comienzo y el siguiente, no para regresar al pasado, para evitar que aquello que nunca terminó de elaborarse siga participando en las decisiones del presente. 


Si has comenzado de nuevo varias veces y empiezas a reconocer algo familiar dentro de historias diferentes, podemos trabajar desde ese punto. 


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CUANDO LO DIFÍCIL TE ATRAE MÁS

Hay cosas que parecen adquirir mayor valor cuando descubrimos que no será sencillo conseguirlas.  


Una persona que no termina de estar disponible puede despertar un enorme interés. Una oportunidad difícil de alcanzar puede ocupar nuestros pensamientos durante meses. Un proyecto lleno de obstáculos puede movilizar una cantidad de energía que otros proyectos, igualmente importantes, nunca consiguieron despertar. 


No me interesa reducir esto a que “nos gustan los retos”, a riesgo de equivocarme, hay algo más profundo cuando la misma historia comienza a repetirse. 


Una de las sombras de El Carro puede aparecer cuando necesitamos encontrar resistencia para que nuestro deseo adquiera fuerza. 


Mientras algo se interpone entre nosotros y aquello que queremos, sabemos qué hacer, insistimos, nos esforzamos o buscamos otra manera. La dificultad concentra nuestra atención y aquello que está detrás de ella puede volverse cada vez más importante hasta que finalmente lo conseguimos y algunas veces ocurre algo desconcertante, el interés disminuye. 


No porque aquello haya cambiado demasiado, lo que desapareció fue el obstáculo.  


Esto puede resultar particularmente evidente en algunas relaciones. Una persona puede involucrarse profundamente con alguien que duda, se aleja, vuelve o nunca termina de comprometerse. Buena parte de la relación gira alrededor de conseguir finalmente que el otro esté. Cuando esa persona se vuelve disponible, puede aparecer una sensación inesperada, ya no se siente igual. 


Sería sencillo concluir que nunca hubo amor o interés verdadero, pero no necesariamente, el deseo humano es bastante más complejo, lo que vale la pena observar es si esta experiencia aparece repetidamente en diferentes aspectos de nuestra vida. 


Porque entonces quizá la dificultad no sea solamente algo que estamos dispuestos a atravesar para conseguir lo que queremos, también puede haberse convertido en una condición para quererlo con tanta fuerza. 


Según lo que yo pienso, aquí existe una diferencia importante entre perseverancia y necesidad de conquista, la perseverancia nos permite atravesar dificultades porque algo tiene valor para nosotros, en cambio, cuando necesitamos la dificultad, es precisamente la resistencia la que aumenta el valor de aquello que perseguimos. 


Por eso conseguir puede producir una extraña decepción, no siempre descubrimos que aquello no era lo que queríamos, algunas veces descubrimos que una parte importante de nuestro deseo estaba sostenida por todo lo que teníamos que hacer para llegar y si no reconocemos ese patrón, podemos volver a buscar algo difícil. 


Otra persona complicada, otro objetivo casi inaccesible, otra situación donde tengamos que luchar nuevamente, no porque queramos sufrir, sino porque ahí nuestro deseo vuelve a sentirse claro. 


Esto puede tener consecuencias importantes, porque podemos pasar por alto relaciones donde sí existe reciprocidad porque no producen intensidad, desconfiar de oportunidades que llegan con facilidad o permanecer demasiado tiempo frente a algo que constantemente nos rechaza porque cada dificultad aumenta nuestra determinación.  


El problema no es elegir cosas difíciles, muchas de las cosas que realmente queremos requieren esfuerzo, la pregunta aparece cuando lo difícil comienza a parecernos automáticamente más valioso que lo posible, entonces conviene observar nuestra propia historia, no para juzgar nuestras elecciones, sino para encontrar si existe una repetición que no habíamos visto. 


¿Qué suele ocurrir con tu deseo cuando aquello que parecía inaccesible finalmente deja de serlo? 


Si reconoces que algunas de las personas, proyectos o decisiones que más te han movilizado compartían precisamente la dificultad de conseguirlos, puede ser importante comprender qué relación has construido entre deseo y obstáculo. 


Un proceso terapéutico puede ayudarnos a observar esa repetición desde un lugar diferente, no para enseñarte qué deberías desear, sino para comprender por qué algunas cosas necesitan permanecer difíciles para conservar su valor ante ti. 


Si reconoces este patrón en tu propia historia, podemos comenzar a trabajarlo desde ahí. 


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CUANDO NECESITAS INTENSIDAD PARA SENTIRTE VIVO

Algunas personas funcionan especialmente bien frente a las dificultades, una crisis no necesariamente las paraliza, puede ocurrir lo contrario, se concentran, toman decisiones y utilizan recursos que parecían no necesitar mientras todo estaba tranquilo, el problema termina y sienten alivio, pero después de cierto tiempo aparece algo extraño, la tranquilidad comienza a aburrirlas.


A riesgo de equivocarme, una de las sombras de El Carro puede aparecer cuando la intensidad se convierte en una de nuestras principales formas de sentir vitalidad.


No necesitamos provocar problemas conscientemente para que esto ocurra, podemos buscar retos cada vez mayores, tomar decisiones que vuelvan a colocarnos frente a la incertidumbre, perder interés por situaciones que se han vuelto estables o sentir que algo falta cuando nuestra vida finalmente atraviesa una etapa sin grandes conflictos.


Según lo que yo pienso, el problema comienza cuando confundimos la disminución de intensidad con falta de vida. 


No todo lo importante produce emociones fuertes, una relación puede volverse más tranquila sin estar vacía, una etapa estable puede ser valiosa aunque no nos obligue a superar constantemente dificultades y una vida puede estar funcionando bien sin producir permanentemente la sensación de que algo extraordinario está ocurriendo, sin embargo, para quien ha aprendido a reconocerse principalmente frente al reto, la tranquilidad puede resultar desconcertante.


Durante una dificultad sabe quién es, es quien enfrenta, quien responde, quien encuentra una salida, cuando desaparece el obstáculo, desaparece también el escenario donde algunas de sus capacidades resultaban más visibles.


Entonces puede aparecer el aburrimiento, no porque realmente falte algo afuera, sino porque puede faltar una forma conocida de sentirse a sí mismo vivo.


Esto merece atención cuando comienza a repetirse, cuando las relaciones pierden interés al volverse estables, cuando cada periodo tranquilo necesita rápidamente un nuevo desafío, cuando vivir sin urgencias produce más inquietud que descanso.


En esos casos, quizá no necesitemos otra experiencia intensa, puede ser más importante comprender por qué necesitamos esa intensidad para sentir que estamos plenamente vivos.


Esta pregunta difícilmente se resuelve diciéndonos que debemos aprender a disfrutar la tranquilidad, si el patrón se repite, seguramente cumple una función, comprender cuál es puede modificar mucho más que intentar controlarlo.


¿Qué encuentras en los momentos intensos de tu vida que parece desaparecer cuando todo está bien?


Si reconoces esta repetición en tus relaciones, decisiones o forma de vivir, podemos trabajarla dentro de un proceso terapéutico.


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CUANDO SIEMPRE ESTÁS ESPERANDO QUE ALGO CAMBIE

Hay etapas de la vida que realmente son transitorias, atravesamos una dificultad económica, terminamos una formación, esperamos que concluya un problema familiar o trabajamos durante meses para conseguir algo importante, sabemos que determinadas cosas tendrán que esperar, eso forma parte de vivir.


A riesgo de equivocarme, existe una diferencia entre atravesar una etapa temporal y convertir nuestra vida entera en una etapa temporal, esto último puede pasar casi inadvertido, seguimos trabajando, cumplimos responsabilidades, tomamos decisiones, hacemos planes, no parece que estemos esperando, sin embargo, buena parte de lo que deseamos permanece colocada después de alguna condición.


Cuando tenga más dinero, cuando termine este proyecto, cuando encuentre una pareja, cuando mis hijos crezcan, cuando tenga menos responsabilidades, etc.


Una de las sombras de El Carro puede aparecer cuando vivimos orientados hacia un punto futuro donde imaginamos que las condiciones finalmente permitirán que nuestra verdadera vida comience, mientras tanto, continuamos avanzando y quizá precisamente por eso tardamos tanto en reconocer el problema.


No estamos paralizados, podemos incluso conseguir muchas cosas, pero cada conquista parece preparar la siguiente etapa y el presente termina convertido en un lugar de paso.


Según lo que yo pienso, el futuro tiene una característica psicológica bastante seductora, todavía no puede contradecirnos, podemos imaginar que cuando cambien nuestras circunstancias seremos más tranquilos, más libres o más capaces de disfrutar.


Podemos pensar que una relación diferente modificará determinada experiencia, que con más dinero desaparecerá cierta preocupación, que cuando tengamos tiempo comenzaremos finalmente aquello que llevamos años queriendo hacer.


Tal vez algunas de esas cosas ocurran, las circunstancias importan, pero también puede llegar el cambio y encontrarnos nuevamente colocando nuestra vida detrás de una condición diferente, ahí merece la pena dejar de preguntarnos únicamente qué falta para llegar y comenzar a observar por qué necesitamos vivir de esa manera, porque algunas promesas sobre el futuro nos permiten aplazar decisiones que pertenecen al presente.


No necesariamente decisiones enormes, a veces aplazamos permitirnos disfrutar, relacionarnos de otra manera, tomarnos en serio un deseo, reconocer que algo no nos gusta o aceptar que la vida que construimos no produjo exactamente aquello que esperábamos sentir al construirla.


El “después” puede mantener abierta una posibilidad muy tranquilizadora: todavía no estoy viviendo como quiero porque todavía no he llegado.


Mientras esa explicación permanezca, no tenemos que descubrir qué ocurriría si llegáramos y algunas cosas siguieran exactamente igual dentro de nosotros, ese punto me parece mucho más interesante que recomendar “vivir el presente”, porque una persona puede saber perfectamente que debería disfrutar más lo que tiene, puede repetírselo durante años, puede incluso intentarlo y continuar sintiendo que algo importante comenzará después.


Cuando un patrón persiste a pesar de que ya lo reconocemos, quizá no necesitemos otro consejo, necesitamos comprender qué función cumple.


¿Qué protege esa expectativa?


¿Qué evita confrontar?


¿Qué mantiene pendiente?


Ahí es donde un proceso terapéutico puede abrir algo diferente, no se trata de convencerte de abandonar tus planes ni de conformarte con tus circunstancias actuales, se trata de descubrir por qué una parte de tu vida necesita permanecer siempre unos metros adelante de ti.


Porque quizá el problema no sea que todavía no hayas llegado, puede ser que llevas tanto tiempo viviendo hacia el siguiente lugar que ya no sabes qué tendría que ocurrir si finalmente no hubiera nada que esperar.


Si reconoces que desde hace años tu tranquilidad, tus deseos o alguna parte importante de tu vida permanecen detrás de un “cuando…”, podemos comenzar a trabajar precisamente desde ahí.


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SABES LLEGAR, ¿PERO SABES QUEDARTE?

Hay personas que tienen una enorme capacidad para comenzar, se entusiasman con una relación, un proyecto, un trabajo o una nueva etapa. 


Mientras aquello está comenzando pueden dedicarle tiempo, energía y atención, existe algo por descubrir y también cierta incertidumbre sobre lo que ocurrirá.


Después llega un momento menos espectacular, aquello que era nuevo comienza a convertirse en cotidiano.


A riesgo de equivocarme, una de las manifestaciones más interesantes de El Carro puede aparecer precisamente después de la conquista, no cuando intentamos conseguir algo, sino cuando ya lo conseguimos. 


Una relación puede comenzar con conversaciones interminables, descubrimientos y una enorme curiosidad por conocer al otro, con el tiempo conocemos sus historias, sus costumbres, sus defectos y también conoce los nuestros, ya no existe la misma cantidad de territorio por descubrir, entonces podemos pensar que la relación perdió algo y, seguramente lo perdió, perdió novedad, la pregunta es si también perdió valor.


Algo parecido puede ocurrir con un proyecto, mientras está naciendo pensamos constantemente en él, hay problemas que resolver, decisiones importantes y posibilidades abiertas, cuando finalmente funciona, aparece otro tipo de trabajo, el poder sostenerlo, entonces aparece la tentación de buscar algo nuevo, no necesariamente porque seamos irresponsables o incapaces de comprometernos.


Según lo que yo pienso, puede existir una dificultad menos evidente, algunas personas aprendieron a sentirse especialmente vivas cuando están conquistando algo, mientras existe una distancia entre ellas y aquello que desean, hay deseo y movimiento, cuando finalmente llegan, esa tensión desaparece.


Hay quienes pueden interpretar esa disminución como una señal de que necesitan marcharse, por eso alguien puede tener una sucesión de relaciones intensas que comienzan extraordinariamente bien y terminan cuando aparece la cotidianeidad, puede iniciar proyectos interesantes y perder entusiasmo justo cuando comienzan a consolidarse, puede cambiar de trabajo buscando nuevamente esa sensación de posibilidad que existía al principio del anterior.


A simple vista parecen historias diferentes, lo que me interesa es qué ocurre siempre en el mismo momento: cuando ya no existe nada que conquistar.


Permanecer tiene mala fama cuando se confunde con resignación, no estoy hablando de quedarse en una relación que hace daño, mantener un trabajo que destruye nuestra vida o continuar un proyecto que dejó de tener sentido, permanecer también puede ser una elección y exige capacidades distintas a las necesarias para conquistar.


Al comienzo de una relación descubrimos al otro, después necesitamos aprender a relacionarnos con la persona que ya conocemos. Al comenzar un proyecto imaginamos posibilidades, después necesitamos convivir con sus límites. Al llegar a una nueva etapa podemos reinventarnos, después tendremos que descubrir qué hacemos cuando esa nueva identidad también se vuelva cotidiana.


Hay algo menos excitante en todo esto, pero no necesariamente menos profundo, una parte importante de la vida ocurre precisamente después de que termina la novedad, ahí comenzamos a conocer realmente aquello que elegimos y también comenzamos a conocernos dentro de ello.


Tal vez por eso algunas personas pueden pasar muchos años cambiando de escenarios y encontrando siempre la misma sensación, al principio todo parece diferente, después algo se apaga, entonces vuelven a moverse.


No siempre necesitamos detener ese movimiento, pero sí puede valer la pena comprenderlo antes de concluir nuevamente que el problema está en aquello que dejó de emocionarnos.


¿Qué suele ocurrir contigo cuando aquello que deseabas finalmente se convierte en parte de tu vida cotidiana?


Esa pregunta puede resultar especialmente importante si reconoces una historia de relaciones, proyectos o etapas que comienzan con mucha intensidad y pierden sentido cuando desaparece la sensación de conquista.


Quizá hayas pensado muchas veces que todavía no encuentras a la persona, el trabajo o el proyecto adecuado, puede ser, pero si el mismo momento se repite con escenarios diferentes, vale la pena mirar también qué ocurre contigo ahí.


Un proceso terapéutico puede servir precisamente para eso.


No para convencerte de permanecer donde ya no quieres estar, sino para distinguir cuándo realmente terminó tu deseo y cuándo necesitas marcharte para volver a sentir la intensidad de estar persiguiendo algo, si reconoces esa diferencia como un conflicto en tu vida, puedes escribirme.




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CUANDO NECESITAS TENER RAZÓN

Hay discusiones que comienzan intentando resolver un problema y terminan intentando establecer quién tiene razón, en algún momento dejamos de escuchar, recordamos detalles que apoyan nuestra versión, explicamos nuestras intenciones, señalamos las contradicciones del otro y si reconocemos un error, podemos sentir inmediatamente la necesidad de agregar una explicación que disminuya nuestra responsabilidad.


A riesgo de equivocarme, en algunas discusiones ya no estamos defendiendo una idea, estamos defendiendo la imagen que necesitamos conservar de nosotros mismos.


Una persona puede considerarse justa, responsable, inteligente o consciente, entonces aparece una situación donde actuó de una manera que contradice esa imagen, reconocerlo no siempre resulta sencillo, porque ya no tendría que aceptar únicamente “me equivoqué”, también tendría que aceptar que puede ser injusta, aunque se considere justa, lastimar a alguien, aunque no haya querido hacerlo o actuar desde un lugar que creía haber trabajado.


Una manifestación de El Carro puede aparecer cuando necesitamos vencer esa contradicción.


Encontramos una explicación que nos permita continuar siendo la persona que creemos que somos.


“Sí lo hice, pero fue porque tú…”

“Reconozco mi error, aunque también tienes que reconocer…”

“No estoy justificándome, solamente quiero que entiendas…”


Tal vez lo que explicamos sea cierto, el problema no está necesariamente en la explicación, está en para qué la necesitamos en ese momento, saber si puede ayudarnos a comprender nuestra conducta o puede servir para protegernos de algo que no queremos reconocer sobre nosotros. 


Esta diferencia importa mucho en un proceso de trabajo interior, porque conocernos no consiste únicamente en comprender nuestras heridas, necesidades y razones, también implica encontrarnos con aspectos propios que no coinciden con la persona que nos gusta pensar que somos, en ese punto, la inteligencia puede convertirse incluso en una defensa.


Mientras mejores sean nuestros argumentos, más fácil puede resultar construir una explicación donde nuestra participación quede suficientemente justificada, podemos pasar años entendiendo por qué los demás reaccionan de determinada manera y dedicar mucho menos tiempo a preguntarnos qué ocurre con nosotros dentro de esas relaciones.


No se trata de asumir toda la culpa, eso sería tan poco útil como colocarla completamente afuera, se trata de poder reconocer nuestra parte sin sentir que hacerlo destruye nuestro valor, porque si cada error amenaza lo que pensamos sobre nosotros, necesitaremos defendernos cada vez que alguien nos muestre algo que contradiga esa imagen y terminaremos aprendiendo mucho sobre los errores ajenos mientras permanecemos bastante protegidos de los propios.


Según lo que yo pienso, existe un momento importante en cualquier trabajo terapéutico, ocurre cuando una persona puede dejar de preguntarse quién tuvo razón durante unos minutos y comenzar a preguntarse:


¿Qué hice yo con aquello que me ocurrió?


No para condenarse, sino para conocerse, tal vez descubramos que reaccionamos desde el miedo, que intentamos controlar, que castigamos retirándonos, que necesitamos ganar, que repetimos exactamente algo que criticamos en los demás.


Reconocerlo puede ser incómodo, pero también abre una posibilidad que ninguna justificación ofrece: hacer algo diferente la próxima vez.


Por eso una terapia profunda no debería convertirse en un lugar donde el terapeuta confirme constantemente nuestra versión de los hechos, tampoco en un tribunal donde alguien determine quién fue culpable, puede ser un espacio donde nuestras explicaciones sean escuchadas, pero también cuestionadas cuando comienzan a impedirnos mirar algo de nosotros.


Eso exige bastante más que contar lo ocurrido, exige estar dispuesto a descubrir algo que quizá todavía no sabemos, incluso cuando llevamos años pensando sobre nosotros mismos.


¿Qué conflicto continúa repitiéndose porque todavía puedes explicar perfectamente por qué el problema está en los demás?


Si has trabajado mucho en comprenderte, pero algunas dificultades siguen apareciendo en tus relaciones, quizá haya llegado el momento de mirar aquello que no puedes observar fácilmente desde tu propia posición, ese es precisamente uno de los sentidos de realizar un proceso acompañado, si quieres comenzar ese trabajo conmigo, puedes escribirme


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DETENERTE NO SIGNIFICA QUE ESTÉS RETROCEDIENDO

Hay personas que saben resolver, cuando aparece una dificultad buscan información, analizan posibilidades y hacen algo al respecto. Esa capacidad suele funcionar bastante bien frente a muchos problemas de la vida.


A riesgo de equivocarme, la dificultad aparece cuando intentamos relacionarnos de la misma manera con nuestros conflictos interiores, queremos comprender qué sucede, encontramos una explicación, reconocemos nuestra historia, incluso podemos identificar perfectamente aquello que repetimos y esperamos que después de comprenderlo ocurra el cambio.


Pero no siempre ocurre.


Una persona puede saber desde hace años que necesita aprobación y continuar modificando sus decisiones para evitar el rechazo. Puede comprender por qué le cuesta establecer límites y seguir sintiendo culpa cada vez que intenta hacerlo. Puede reconocer qué tipo de relaciones repite y volver a encontrarse ocupando una posición muy parecida frente a alguien diferente.


Entonces aparece una pregunta bastante comprensible: “Si ya sé todo esto, ¿por qué sigo haciéndolo?”


Una de las manifestaciones de El Carro puede aparecer cuando interpretamos la ausencia de resultados inmediatos como falta de avance. 


Estamos acostumbrados a intervenir sobre los problemas, si algo no funciona, hacemos otra cosa, si no sabemos, aprendemos, si falta una herramienta, la buscamos, pero hay aspectos de nuestra vida interior que no se modifican únicamente porque hayamos encontrado una explicación correcta.


Según lo que yo pienso, comprender es necesario, pero no suficiente, podemos conocer nuestra historia sin haber modificado todavía la posición que aprendimos a ocupar dentro de ella y podemos volvernos extraordinariamente buenos explicándonos sin conseguir actuar diferente cuando aparece la situación real. Ahí existe una diferencia importante entre saber algo sobre nosotros y haberlo trabajado.


No se trata de acumular interpretaciones, tampoco de esperar pasivamente que algún día ocurra un cambio. El trabajo comienza cuando aquello que comprendemos puede ser observado en la vida cotidiana, cuestionado y elaborado hasta que aparecen otras posibilidades de respuesta.


Eso requiere tiempo, también puede producir periodos en los que aparentemente nada está cambiando, el conflicto sigue apareciendo, la emoción continúa, todavía cometemos errores que conocemos y precisamente ahí podemos desesperarnos y buscar una nueva respuesta, otra explicación, otro método, otro libro, otro profesional, algo que finalmente nos diga aquello que todavía no sabemos.


Pero tal vez el problema no sea que falte conocimiento, tal vez sabemos suficiente para comenzar a trabajar y hemos utilizado la búsqueda de nuevas respuestas para aplazar ese trabajo. 


Esta diferencia me parece especialmente importante para personas que llevan años intentando comprenderse, personas inteligentes, introspectivas, que han leído, pensado, hablado e incluso realizado otros procesos, no necesitan que alguien les explique superficialmente lo que les ocurre, muchas veces ya lo saben, lo que todavía no encuentran es cómo transformar ese conocimiento en una manera distinta de relacionarse consigo mismas y con los demás.


Ahí la psicoterapia puede tener otro sentido, no llegar para proporcionar una respuesta mágica, tampoco prometer que comprender una causa eliminará inmediatamente sus efectos, puede convertirse en un espacio donde aquello que ya sabes sobre ti deje de ser únicamente una explicación y comience a confrontarse con la forma concreta en que estás viviendo.


Por eso, detenerse dentro de un proceso no siempre significa retroceder, hay momentos en los que no necesitamos avanzar hacia una nueva explicación, necesitamos permanecer suficiente tiempo frente a aquello que ya encontramos.


¿Qué conflicto puedes explicar perfectamente y, aun así, continúa apareciendo en tu vida?


Tal vez esa sea una pregunta más útil que seguir buscando qué otra cosa necesitas saber. 


Si llevas tiempo comprendiendo lo que te ocurre, pero esa comprensión todavía no produce cambios sostenidos en tu vida cotidiana, podemos trabajar precisamente desde ese punto.


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CUANDO PODER SOLO SE CONVIERTE EN UNA EXIGENCIA

Hay personas que aprendieron muy pronto a resolver, cuando aparece un problema buscan una solución, si necesitan algo, encuentran la manera de conseguirlo, cuando atraviesan una situación difícil intentan mantenerse funcionales y continuar.


Esa capacidad puede haberles permitido construir buena parte de la vida que hoy tienen, a riesgo de equivocarme, la dificultad comienza cuando poder solo deja de ser una capacidad y se convierte en una condición para sentirnos seguros con nosotros mismos.


Entonces pedir ayuda ya no es solamente pedir ayuda, significa reconocer que no podemos con algo y para quien ha construido buena parte de su identidad alrededor de ser fuerte, responsable o independiente, eso puede resultar mucho más difícil de lo que parece.


Una de las manifestaciones de El Carro puede aparecer justamente ahí, la persona sabe avanzar por sus propios medios, pero le cuesta permitir que alguien participe cuando ella es quien necesita apoyo.


Puede ayudar a los demás sin dificultad, lo complicado es recibir, porque ayudar conserva una posición conocida, seguimos siendo quienes pueden, recibir nos coloca durante un momento en otro lugar y no todas las personas aprendieron que ese lugar también puede ser seguro, algunas aprendieron exactamente lo contrario, necesitar a alguien significó alguna vez quedar expuestas a una decepción, una deuda, un rechazo o una ausencia.


Con el tiempo encontraron una solución bastante eficaz: necesitar cada vez menos, se hicieron capaces, independientes, resolvieron, el problema es que una defensa útil también puede permanecer cuando las circunstancias que la hicieron necesaria ya cambiaron.


La persona adulta puede tener hoy relaciones donde existe confianza y, aun así, seguir actuando como si depender momentáneamente de alguien fuera peligroso, entonces la autosuficiencia deja de ampliar sus posibilidades, comienza a reducirlas, no porque necesite convertirse en una persona dependiente, sino porque solo puede relacionarse cómodamente desde uno de los dos lugares: dar, pero no necesitar recibir.


Según lo que yo pienso, una autonomía suficientemente sólida tendría que permitirnos elegir, resolver aquello que podemos resolver, pedir apoyo cuando realmente lo necesitamos, aceptar que alguien haga algo por nosotros sin convertirlo inmediatamente en una deuda, reconocer cansancio antes de llegar al límite y permitir que una relación también exista cuando nosotros no somos la parte fuerte.


Esto último puede ser especialmente difícil, porque quizá el temor no sea descubrir que necesitamos a los demás, puede ser descubrir qué ocurre con la imagen que tenemos de nosotros cuando dejamos de ser quienes siempre pueden, ahí la pregunta deja de ser si sabes pedir ayuda, es más profunda:


¿Qué significa para ti necesitarla?


Si significa debilidad, fracaso, dependencia o pérdida de control, probablemente no bastará con repetirte que “pedir ayuda está bien”, puede ser necesario comprender por qué poder solo se volvió tan importante para tu identidad. 


En un proceso terapéutico no se trata de enseñarte a depender, se trata de descubrir que recibir apoyo no necesariamente disminuye la fuerza que necesitaste para llegar hasta aquí.


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CUANDO TODO TIENE QUE SERVIR PARA ALGO

Hay personas que han aprendido a utilizar muy bien su tiempo, trabajan, estudian, hacen ejercicio, desarrollan proyectos y cumplen responsabilidades, incluso cuando descansan buscan hacerlo de una manera que les permita recuperar energía para continuar.


A riesgo de equivocarme, la dificultad comienza cuando prácticamente todo lo que hacemos necesita justificar para qué sirve.


Una actividad deja de ser suficiente porque nos gusta, sí o sí, tiene que enseñarnos algo, mejorar alguna capacidad, cuidar nuestra salud, ayudarnos profesionalmente o contribuir de alguna manera a nuestro desarrollo, poco a poco podemos comenzar a sentir que dedicar tiempo a algo que no produce ningún resultado es desperdiciarlo.


Una de las manifestaciones de El Carro puede aparecer cuando esa necesidad de avanzar deja de estar limitada a nuestros objetivos y comienza a extenderse sobre prácticamente toda nuestra existencia.


Ya no basta con vivir una experiencia, necesitamos convertirla en algo y esto puede parecer una forma de disciplina, pero también puede mostrar algo más profundo, si nuestro tiempo solamente parece valioso cuando produce, existe el riesgo de que terminemos valorándonos de la misma manera.


Mientras resolvemos, somos necesarios. Mientras producimos, estamos haciendo algo importante. Mientras aprendemos, sentimos que estamos creciendo. Mientras conseguimos resultados, podemos comprobar que estamos utilizando correctamente nuestras capacidades.


La dificultad aparece cuando no hay nada que demostrar mediante aquello que hacemos, por eso algunas personas pueden sentirse culpables frente al descanso, aunque nadie les esté exigiendo trabajar, pueden abandonar una actividad que disfrutaban cuando descubren que no son especialmente buenas en ella o convertir un interés personal en otro espacio donde deben mejorar constantemente, no porque hayan decidido conscientemente vivir así, tal vez aprendieron hace mucho tiempo que hacer, producir y conseguir son formas de otorgarse valor.


Entonces, incluso el trabajo interior puede quedar atrapado en la misma lógica, queremos conocernos para cambiar, queremos comprender un conflicto para dejar de sentirlo, queremos que la terapia produzca resultados y comenzamos a preguntarnos por qué todavía repetimos algo que intelectualmente ya comprendimos, en lugar de permitirnos atravesar un proceso, también queremos rendir dentro de él.


Según lo que yo pienso, ahí aparece una contradicción importante, buscamos transformarnos, pero utilizamos para hacerlo la misma exigencia que quizá necesitamos cuestionar.


No se trata de renunciar a los objetivos ni de dejar de aprovechar nuestras capacidades, se trata de reconocer qué ocurre cuando no tenemos que convertir cada aspecto de nuestra vida en una oportunidad para avanzar, porque una persona puede pasar muchos años construyéndose y nunca permitirse simplemente ser quien es durante un momento.


Siempre existe algo por corregir, algo por aprender, algo que desarrollar, una versión mejor a la que llegar y de esa manera el presente puede convertirse únicamente en una etapa insuficiente entre la persona que somos y aquella que creemos que deberíamos llegar a ser.


Tal vez por eso hacer algo sin ninguna utilidad puede resultar más difícil de lo que parece, no produce una prueba, no demuestra capacidad, no mejora nuestro currículum, no genera dinero, no nos convierte en alguien más interesante y quizá ahí exista una pregunta importante sobre nuestra relación con nosotros mismos:


¿Puedes permitirte dedicar parte de tu vida a algo que no mejore absolutamente nada de ti?


La respuesta no habla solamente de cómo utilizas tu tiempo, puede mostrar cuánto necesitas producir, crecer o mejorar para sentir que el tiempo que dedicas a ti mismo tiene valor.


Si incluso descansar, disfrutar o trabajar interiormente termina convertido en otra exigencia, quizá no necesites agregar una nueva actividad destinada a ayudarte a vivir mejor, puede ser necesario comprender por qué estar vivo, algunas veces, parece no ser suficiente si no estás haciendo algo con ello, eso también puede trabajarse dentro de un proceso terapéutico.


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