ENTRE LO JUSTO Y LO CORRECTO, ELIGE LO JUSTO

Desde pequeños aprendemos muchas cosas sobre lo que está bien y lo que está mal. Una parte importante de nuestra educación consiste precisamente en eso, alguien nos enseña cómo debemos comportarnos, qué podemos hacer, qué no deberíamos hacer, cuáles conductas reciben aprobación y cuáles producen rechazo. 


Con los años esas enseñanzas se vuelven mucho más complejas. Aprendemos qué significa ser un buen hijo, una buena pareja, un buen padre, un buen amigo, una persona responsable, generosa o agradecida. También aprendemos qué pensamientos son aceptables, qué emociones deberíamos controlar, qué deseos pueden expresarse y cuáles conviene mantener escondidos. 


No considero que todo eso sea necesariamente malo. Vivimos con otras personas y necesitamos construir acuerdos, límites y formas de convivencia. El conflicto comienza cuando utilizamos esas categorías para relacionarnos con nuestra propia subjetividad y dejamos de preguntarnos qué ocurre realmente dentro de nosotros. 


Según lo que yo pienso, uno de los conflictos más importantes que podemos trabajar a través de La Justicia aparece cuando aquello que consideramos correcto comienza a producirnos malestar y, aun así, seguimos haciéndolo porque hacer algo diferente nos haría sentir egoístas, irresponsables, desagradecidos o culpables. 


Una persona puede considerar correcto estar disponible para su familia cada vez que la necesitan y terminar completamente agotada. Puede pensar que debe conservar una relación porque existe un compromiso y pasar años reconociendo que ya no quiere permanecer ahí. Puede creer que una buena persona siempre perdona y obligarse a acercarse nuevamente a alguien cuando todavía necesita distancia. Incluso puede experimentar un deseo perfectamente claro y dedicar mucho tiempo a construir razones para demostrar por qué no debería sentirlo. 


En todos esos casos solemos preguntarnos qué sería lo correcto. 


Yo propongo comenzar a introducir otra pregunta: ¿qué sería justo para mí? 


La diferencia es importante. Lo correcto suele estar relacionado con criterios que ya conocemos, mientras que descubrir lo justo requiere reconocer nuestra subjetividad. Nadie puede construir una regla general que determine qué necesita cada individuo para su bienestar porque una misma situación puede adquirir significados completamente diferentes según la historia, los deseos, los vínculos y los conflictos de cada persona. 


Eso tampoco significa convertir “lo justo para mí” en una justificación para hacer cualquier cosa. Si utilizáramos La Justicia para decir “hago lo que quiero y los demás tendrán que aceptarlo”, solamente habríamos construido otra manera de evitar nuestra responsabilidad. 


Elegir lo justo implica hacernos responsables. 


Puedo reconocer que necesito poner distancia con una persona y aceptar que esa decisión tendrá consecuencias. Puedo decir que no a algo que antes aceptaba y comprender que alguien puede molestarse. Puedo abandonar una conducta que recibía aprobación y encontrarme con personas que no entiendan mi decisión. También puedo elegir algo pensando que favorecerá mi bienestar y descubrir posteriormente que me equivoqué. 


La responsabilidad no garantiza que siempre sepamos qué hacer, simplemente nos devuelve la posibilidad de reconocer que estamos participando en nuestra propia vida. 


A riesgo de equivocarme, ahí existe una diferencia importante entre culpa y responsabilidad. Cuando convertimos todo en bueno o malo podemos terminar preguntándonos si somos buenas o malas personas por aquello que pensamos, sentimos o hacemos. La responsabilidad permite formular preguntas diferentes: ¿qué estoy haciendo?, ¿qué produce esto en mí?, ¿me resulta útil para mi bienestar?, ¿qué consecuencias estoy dispuesto a asumir? 


Esto también permite observar pensamientos y emociones de otra manera. Sentir enojo no necesita convertirnos en malos, sentir celos no demuestra que seamos personas negativas y pensar algo que nos avergüenza no significa que vayamos a convertirlo en un acto. Podemos reconocer lo que aparece dentro de nosotros antes de apresurarnos a condenarlo. 


Nuestra subjetividad no necesita coincidir permanentemente con aquello que aprendimos que deberíamos sentir. 


Para mí, esto también tiene una relación profunda con la individuación. Conforme nos conocemos podemos comenzar a diferenciar aquello que realmente pertenece a nuestra experiencia de las ideas, expectativas y valores con los que nos identificamos durante nuestra historia. Algunas seguirán teniendo sentido y las conservaremos, otras quizá descubramos que ya no corresponden con nosotros. 


El objetivo no sería convertirnos en personas que solamente hacen aquello que les produce placer inmediato. El bienestar del que hablo es mucho más amplio y requiere responsabilidad, porque algunas decisiones necesarias pueden resultar difíciles, provocar miedo, producir tristeza o exigir atravesar momentos dolorosos. 


Por eso lo justo no siempre será lo más fácil. 


Puede ser mucho más sencillo continuar haciendo aquello que sabemos hacer, conservar la aprobación de los demás y seguir respondiendo de la manera que se espera de nosotros. Lo difícil algunas veces será reconocer que algo considerado correcto lleva demasiado tiempo produciéndonos malestar. 


¿Cuántas cosas continúas haciendo porque consideras que son correctas, aunque hace tiempo dejaron de ser justas para ti? 


En un proceso terapéutico no considero que mi función sea decirle a una persona cuál es la decisión correcta. Me parece mucho más interesante acompañarla a reconocer su propia subjetividad, comprender qué produce bienestar y malestar dentro de su experiencia y asumir progresivamente la responsabilidad de construir una vida que corresponda más profundamente con quien es. 


Tal vez ahí comienza una de las tareas fundamentales de La Justicia: dejar de vivir intentando aprobar permanentemente un examen sobre lo correcto y comenzar a asumir la responsabilidad de descubrir qué es justo para nosotros. 


"De EL LOCO a EL MUNDO" 

Método Psicoevolutivo de Transformación Arquetípica. 


Contacto: WhatsApp +52 55 3119 8189 




OBLÍGATE A HACER LO QUE DESEAS HACER

Hay una frase que utilizo algunas veces durante el trabajo con mis pacientes: “Oblígate a hacer lo que deseas hacer”. 


Puede parecer contradictoria. Si realmente queremos hacer algo, podríamos pensar que debería surgir espontáneamente el deseo de hacerlo y que obligarnos sería una señal de que en realidad no lo queremos. Sin embargo, nuestra experiencia cotidiana suele mostrarnos algo bastante diferente. 


Podemos desear mejorar nuestra condición física y no tener ganas de levantarnos a entrenar. Podemos querer terminar un proyecto y preferir hacer cualquier otra cosa cuando llega el momento de trabajar. Podemos querer estudiar, ahorrar dinero, ordenar algún aspecto de nuestra vida o abandonar una conducta que sabemos que nos perjudica y, llegado el momento concreto, sentir muchas más ganas de hacer exactamente lo contrario. 


Eso no necesariamente significa que nuestro deseo sea falso. 


Significa que lo que deseamos para nuestra vida y lo que tenemos ganas de hacer en un momento determinado no siempre coinciden. 


Según lo que yo pienso, esta diferencia es importante porque algunas personas esperan sentir ganas para comenzar a hacer aquello que desean. Mientras la motivación está presente avanzan con bastante facilidad, pero cuando desaparece comienzan las negociaciones: hoy estoy cansado, mañana tendré más tiempo, esta semana ha sido complicada, por una vez no pasa nada, el lunes comienzo nuevamente. 


Cada argumento considerado de manera independiente puede ser perfectamente razonable. El problema aparece cuando llevamos meses o años produciendo argumentos razonables para no hacer aquello que nosotros mismos decimos que queremos hacer. 


Ahí utilizo esa frase: oblígate a hacer lo que deseas hacer. 


No me refiero a convertir nuestra vida en una disciplina rígida ni a cumplir ciegamente cualquier decisión que hayamos tomado. Tenemos derecho a cambiar de opinión. Podemos descubrir que algo dejó de interesarnos, reconocer que elegimos equivocadamente o comprender que nuestras circunstancias actuales requieren otra decisión. 


Cambiar conscientemente una decisión porque nuestras razones cambiaron es completamente diferente a renegociarla cada vez que cumplirla requiere hacer algo que momentáneamente no queremos hacer. 


A riesgo de equivocarme, hay momentos en los que seguir negociando con nosotros mismos deja de ser una forma de reflexión y se convierte en una manera bastante sofisticada de postergar. 


Ya sabemos que queremos hacerlo. Ya sabemos por qué lo queremos. Ya tomamos una decisión. Lo único que ocurre es que hoy no tenemos ganas de realizar la parte necesaria para sostenerla. 


En esos momentos quizá no necesitamos volver a preguntarnos qué queremos. 


Necesitamos levantarnos y hacerlo. 


Para mí, ahí aparece una integración muy importante de El Carro y de su idea de conquista de uno mismo. No se trata de derrotar una parte de nosotros ni de imponer permanentemente la voluntad sobre cualquier necesidad. Se trata de aprender a conducir nuestra conducta cuando aquello que deseamos construir y aquello que nos resulta agradable inmediatamente toman caminos diferentes. 


Hay además otro aspecto que considero importante: la palabra que nos otorgamos. 


Cuando le damos nuestra palabra a otra persona solemos comprender que existe un compromiso. Si constantemente prometemos algo y no lo cumplimos, esa persona terminará dejando de confiar en nosotros. Curiosamente, podemos hacer algo semejante con nosotros mismos sin detenernos demasiado a pensar en sus consecuencias. 


Decimos que mañana comenzaremos, que esta vez terminaremos, que vamos a dejar determinada conducta, que utilizaremos nuestro tiempo de otra manera o que finalmente haremos aquello que llevamos meses postergando. Después llega el momento y negociamos nuevamente. 


Si esto se repite muchas veces, el problema deja de ser únicamente aquello que no conseguimos hacer. También podemos comenzar a perder confianza en nuestra propia palabra. 


Nos decimos “ahora sí” y una parte de nosotros ya sabe que probablemente no sea cierto. 


Recuperar esa confianza no requiere hacer promesas más grandes. Tal vez comienza haciendo aquello que decidimos hacer, especialmente en esos días en que no tenemos demasiadas ganas. 


Esto también puede ser trabajado en un proceso terapéutico porque no toda postergación se resuelve con disciplina. Algunas veces necesitamos comprender por qué negociamos determinadas decisiones, qué evitamos cuando llega el momento de llevarlas a la realidad y por qué podemos sostener compromisos con otras personas mientras nuestros propios compromisos son siempre los primeros que estamos dispuestos a modificar. 


¿Cuántas cosas dices que deseas mientras esperas tener ganas de hacer lo necesario para conseguirlas? 


Tal vez una parte de la conquista de nosotros mismos consiste precisamente en eso: que aquello que decidimos conscientemente para nuestra vida tenga suficiente valor como para conducir nuestra conducta también cuando nuestras ganas momentáneas quieren otra cosa. 


Hay momentos para reconsiderar nuestras decisiones. 


Y hay momentos para dejar de negociar, levantarnos y hacer lo que deseamos hacer. 


Si reconoces con claridad aquello que quieres, pero constantemente terminas negociando contigo mismo las acciones necesarias para conseguirlo, podemos comenzar a trabajar desde ahí. 


"De EL LOCO a EL MUNDO" 

Método Psicoevolutivo de Transformación Arquetípica. 


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ASUME TUS TALENTOS Y TUS VIRTUDES

Cuando hablamos de conocernos solemos prestar mucha atención a nuestras dificultades. Queremos comprender nuestros conflictos, reconocer nuestros defectos, descubrir aquello que necesitamos cambiar y observar las partes de nosotros mismos que todavía nos producen problemas. 


Todo eso forma parte del trabajo interior, pero conocernos también tendría que permitirnos reconocer aquello que hacemos bien. 


Podemos tener facilidad para enseñar, escribir, escuchar, organizar, crear, dirigir, aprender, acompañar a otras personas o resolver determinados problemas. También podemos haber desarrollado paciencia, sensibilidad, disciplina, creatividad, perseverancia o cualquier otra virtud que se haya convertido en un recurso importante dentro de nuestra vida. 


Sin embargo, no siempre resulta sencillo reconocer esas cualidades abiertamente. Algunas personas pueden hablar durante horas de aquello que necesitan mejorar y sentirse incómodas cuando tienen que reconocer algo que hacen especialmente bien. 


Tal vez hemos confundido humildad con disminuir nuestras capacidades. 


Según lo que yo pienso, una integración importante de El Carro consiste en asumir nuestros talentos y nuestras virtudes, no para sentirnos superiores a otras personas, sino para reconocer con qué recursos contamos y comenzar a preguntarnos qué queremos hacer con ellos. 


Porque cuando reconocemos una capacidad aparece cierta responsabilidad. 


Si sé que tengo facilidad para algo, puedo desarrollarla o dejarla prácticamente intacta. Si reconozco una virtud, puedo encontrar una manera de expresarla en mi vida o limitarme a considerarla una característica agradable de mi personalidad. 


Un talento puede permanecer durante años como posibilidad. 


Podemos saber que escribimos bien y nunca terminar aquello que queremos escribir, podemos tener facilidad para enseñar y nunca construir un espacio donde hacerlo, podemos ser creativos y mantener nuestras ideas permanentemente dentro de nuestra imaginación. Incluso podemos pasar mucho tiempo diciendo que algún día haremos algo con determinada capacidad sin llegar a descubrir qué ocurriría si realmente la desarrolláramos. 


Mientras permanece ahí, también permanece protegida. 


Podemos imaginar que seríamos buenos haciéndolo, pero no tenemos que encontrarnos todavía con nuestros límites. Cuando comenzamos a utilizar una capacidad en la realidad aparecen la práctica, los errores, las correcciones, aquello que todavía necesitamos aprender y la posibilidad de descubrir que tener facilidad para algo no significa dominarlo. 


A riesgo de equivocarme, creo que asumir nuestros talentos también implica aceptar esa parte. 


No basta con decir “soy bueno para esto”. Hay que estar dispuesto a descubrir qué necesita esa capacidad para crecer. 


Por eso salir de nuestra comodidad no necesariamente significa hacer algo extremo o buscar situaciones difíciles. Puede significar simplemente dejar de mantener una parte importante de nosotros en el terreno de las posibilidades y comenzar a darle una forma concreta. 


Tal vez tengamos que estudiar algo que hemos postergado, terminar un proyecto, mostrar nuestro trabajo, construir un espacio propio, practicar una habilidad o tomar una decisión que permita utilizar capacidades que nuestra vida actual apenas necesita. 


Eso no garantiza ningún resultado. 


Tampoco convierte nuestros talentos en una obligación de producir constantemente ni significa que tengamos que convertir cada capacidad en dinero, reconocimiento o profesión. La responsabilidad está en decidir conscientemente qué queremos hacer con aquello que reconocemos en nosotros, en lugar de permitir que pasen los años sin formular siquiera la pregunta. 


¿Qué talento o virtud reconoces en ti, pero todavía no has asumido completamente? 


En un proceso terapéutico también podemos encontrarnos con esta dificultad. Hay personas que conocen bastante bien sus capacidades, pero cuando intentan llevarlas a la realidad aparecen temores, dudas, formas de protegerse o maneras de permanecer dentro de una vida conocida que no habían relacionado con ellas. 


El trabajo no necesariamente consiste en decirles que crean más en sí mismas. Puede ser mucho más interesante comprender qué ocurre cuando aquello que saben de sí mismas comienza a pedirles una forma diferente de vivir. 


Para mí, la conquista de uno mismo que representa El Carro también incluye esto: reconocer nuestras limitaciones sin negar nuestros recursos, asumir aquello que podemos hacer y aceptar la responsabilidad de descubrir hasta dónde queremos desarrollarlo. 


Conocernos nos permite reconocer nuestros talentos y nuestras virtudes, pero llega un momento en que conocernos ya no es suficiente. 


También tendremos que decidir qué vamos a hacer con aquello que sabemos de nosotros mismos. 


Si reconoces capacidades que llevan demasiado tiempo permaneciendo solamente como posibilidades, un proceso terapéutico puede ayudarnos a comprender qué ocurre cuando intentas darles un lugar real en tu vida. 


"De EL LOCO a EL MUNDO" 

Método Psicoevolutivo de Transformación Arquetípica. 

 

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