ELEGIRTE PUEDE DECEPCIONAR A OTROS

Hay decisiones que no parecen difíciles cuando las pensamos en soledad, sabemos que una relación ya no puede continuar de la misma manera, reconocemos que un trabajo ha dejado de representar lo que buscamos, comprendemos que necesitamos establecer un límite, incluso podemos imaginar con claridad cómo sería nuestra vida después de realizar ese cambio. 


La dificultad aparece cuando pensamos en las personas que podrían sentirse decepcionadas.


Muchas decisiones importantes no permanecen detenidas por falta de claridad, a riesgo de equivocarme, permanecen detenidas porque sabemos que nuestra elección modificará el lugar que ocupamos en la vida de alguien.


Una familia puede haber construido expectativas sobre nuestra profesión, nuestra pareja o la manera en que deberíamos vivir, una relación puede haberse acostumbrado a que siempre cedamos, los amigos pueden esperar que sigamos disponibles, aunque nuestra vida haya cambiado, los hijos pueden resistirse a una decisión que altera una dinámica conocida.


También puede suceder algo menos evidente. Algunas personas aprendieron a reconocernos únicamente a través de la función que cumplíamos para ellas, quien siempre resolvía, aceptaba, evitaba los conflictos, estaba disponible, nunca necesitaba nada y cuando comenzamos a actuar de otra manera, no todos interpretan ese cambio como crecimiento, algunos lo perciben como abandono, ingratitud o egoísmo.


Según lo que yo pienso, una parte importante del trabajo de El Enamorado aparece cuando tenemos que distinguir entre considerar a los demás y entregarles la autoridad sobre nuestra existencia.


Considerar a alguien implica reconocer que nuestras decisiones pueden afectarlo, escuchar lo que siente y asumir las consecuencias de nuestros actos. Entregarle nuestra vida implica renunciar sistemáticamente a lo que necesitamos para evitar su decepción. No son lo mismo.


Podemos amar profundamente a nuestra familia y no elegir el camino que imaginó para nosotros. Podemos cuidar una relación y, aun así, negarnos a continuar aceptando algo que nos destruye. Podemos reconocer el dolor que una decisión provoca sin concluir que por eso debemos abandonarla. 


Elegirnos no nos libera de la responsabilidad afectiva, tampoco nos obliga a vivir como respuesta a las expectativas ajenas. La dificultad consiste en sostener ambas cosas, reconocer que los demás existen, sin convertir sus necesidades en el único criterio para decidir quiénes debemos ser.


Hay personas que pasan años intentando evitar la decepción de alguien, pero cuando finalmente miran su propia vida, descubren que la persona más decepcionada es aquella en la que se convirtieron para conseguirlo.


No siempre se trata de romper vínculos, en ocasiones se trata de permitir que cambien, que la relación deje de depender de nuestra obediencia, que el afecto pueda existir sin exigir la renuncia personal, que los demás conozcan una parte de nosotros que nunca tuvo espacio mientras intentábamos satisfacerlos.


No quiero afirmar que toda decisión personal sea correcta por el simple hecho de ser nuestra, también podemos equivocarnos, actuar impulsivamente o disfrazar de amor propio una falta de responsabilidad, pero tampoco toda decepción ajena demuestra que elegimos mal, a veces solamente demuestra que dejamos de cumplir una expectativa.


La pregunta difícil no es si alguien se molestará, probablemente alguien lo haga, la pregunta es otra:


¿Cuánto de la vida que llevas fue elegido por ti y cuánto fue construido para no decepcionar a quienes necesitabas conservar?


Si una decisión importante lleva tiempo esperando porque temes perder el afecto, la aprobación o el lugar que ocupas en una relación, quizá no necesites otra opinión sobre lo que deberías hacer, tal vez necesites comprender por qué el desacuerdo de los demás sigue teniendo tanta autoridad sobre tu vida.


En un proceso terapéutico podemos explorar ese conflicto sin decidir por ti y sin reducirlo a una consigna sobre “ponerte primero”.


"De EL LOCO a EL MUNDO"

Método Psicoevolutivo de Transformación Arquetípica.


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NO TODO LO QUE DESEAS TE CONVIENE

Durante los últimos años se ha difundido una idea sobre el amor propio que, hasta cierto punto, puede resultar engañosa: hacer lo que queremos, elegir aquello que nos hace sentir bien, alejarnos de todo lo que nos genera esfuerzo emocional y concedernos nuestros deseos como una forma de demostrar que hemos aprendido a valorarnos.


A riesgo de equivocarme, el amor propio necesita algo más que permiso, también necesita discernimiento. 


No todo lo que deseamos expresa una necesidad auténtica, algunos deseos provienen de experiencias que nunca terminamos de comprender y que siguen buscando una resolución.


Una persona puede desear profundamente volver con alguien que la ha lastimado, desde el observador, parece que quiere recuperar una relación, sin embargo, quizá también desea conseguir que esa persona finalmente la elija ante todo y, con ello, reparar el daño que vivió.


Alguien puede buscar durante años la aprobación de sus padres, puede obtener títulos, reconocimiento profesional o estabilidad económica y seguir sintiendo que nada es suficiente. Lo que desea no es únicamente tener éxito, también espera recibir una mirada que tal vez nunca llegue.


Otra persona puede insistir en demostrar que puede sostenerlo todo, trabaja más de lo necesario, acepta responsabilidades que la rebasan y se niega a pedir ayuda, parece fortaleza, aunque tal vez continúa intentando demostrar que merece un lugar porque puede resolver la vida de los demás.


El deseo puede mostrarnos algo verdadero sobre nosotros, pero también puede encubrirlo.


Según lo que yo pienso, una parte importante del trabajo de El Enamorado comienza cuando dejamos de considerar nuestros deseos como instrucciones que deben obedecerse y empezamos a tratarlos como preguntas.


¿Qué busco realmente cuando deseo esto?


¿Qué espero recibir?


¿Qué cambiaría dentro de mí si lo consiguiera?


¿Por qué continúo deseándolo incluso después de comprobar que me lastima?


No se trata de renunciar al placer ni de sospechar de todo aquello que nos atrae, se trata de aceptar que el deseo humano es complejo, puede llevarnos hacia una vida propia, pero también puede mantenernos unidos a una historia que creemos estar superando.


Elegirnos no significa satisfacer inmediatamente cada deseo, en ocasiones significa tolerar la frustración de no volver a una relación conocida, dejar de buscar la aprobación de alguien que nunca podrá otorgarla de la manera que necesitamos, abandonar la exigencia de demostrar nuestro valor mediante sacrificios, reconocer que aquello que deseamos podría no ser aquello que necesitamos para evolucionar interiormente.


Hay deseos que amplían nuestra vida, otros reducen nuestras posibilidades hasta dejarnos nuevamente frente al mismo conflicto, la dificultad consiste en distinguirlos.


No quiero ofrecerte una regla para saber cuál es cuál, una respuesta rápida sería más tranquilizadora, pero también más superficial que la pregunta, prefiero dejarte con esto:


¿Eso que deseas te acerca a una vida más consciente o te ofrece otra oportunidad de repetir algo que ya conoces?


Si has comprendido por qué ciertas elecciones te hacen daño, pero el deseo de repetirlas sigue teniendo fuerza, quizá el problema no pueda resolverse únicamente mediante una nueva decisión, en un proceso terapéutico podemos explorar qué busca ese deseo, qué historia intenta resolver y por qué continúa influyendo en tu vida.


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ELIGES LO QUE CONFIRMA TU HISTORIA

Hay personas que parecen elegir siempre el mismo tipo de relación, cambian los nombres, las edades y las circunstancias, pero el resultado termina siendo muy parecido.


También ocurre con los trabajos, con los proyectos, con las amistades, con la manera de responder cuando algo empieza a ir bien.


A riesgo de equivocarme, no todas estas repeticiones nacen de la ignorancia, algunas personas conocen perfectamente lo que les ocurre, han leído sobre ello, lo han hablado en terapia y pueden describir con claridad cada paso del patrón, sin embargo, la comprensión no siempre modifica la elección.


Una de las sombras de El Enamorado aparece cuando elegimos aquello que confirma la historia que ya aceptamos sobre nosotros.


Si alguien creció sintiendo que nunca era suficiente, puede terminar en vínculos donde necesita demostrar constantemente su valor.


Si aprendió que el afecto debe ganarse mediante sacrificios, puede desconfiar de una relación donde no tenga que renunciar a sí mismo.


Si se considera incapaz de terminar lo que comienza, quizá abandone un proyecto justo cuando este empieza a exigir un compromiso más serio.


El resultado duele, pero también confirma algo conocido: “Sabía que esto volvería a pasar.”


Esa frase puede producir sufrimiento y, al mismo tiempo, conservar una identidad, porque una experiencia diferente no solo cambiaría el resultado, también obligaría a revisar la historia desde la que la persona se ha comprendido durante años.


¿Qué pasaría con quien crees ser si alguien te eligiera sin que tuvieras que convencerlo?


¿Qué tendrías que reconocer si un proyecto comenzara a funcionar?


¿Qué parte de tu identidad perdería sentido si dejaras de ocupar siempre el lugar de quien da más de lo que recibe?


Tal vez no nos aferramos únicamente a personas o situaciones, también podemos aferrarnos a la versión de nosotros que esas elecciones mantienen vigente, por eso cambiar una elección puede ser más difícil de lo que parece. No basta con encontrar una opción distinta, hay que tolerar la posibilidad de que nuestra historia no sea la única forma de comprendernos.


No quiero darte una conclusión, prefiero dejarte una pregunta:


¿Qué creencia sobre ti vuelve a confirmarse cada vez que eliges aquello que ya sabes cómo terminará?


Si reconoces una repetición que has comprendido, pero no has logrado transformar, quizá sea necesario trabajar algo más profundo que la decisión visible.


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