NO TODO LO QUE TE HACE AVANZAR TE HACE CRECER

Hay personas que pueden mirar diez años hacia atrás y reconocer cuánto ha cambiado su vida, ganaron más dinero, terminaron una carrera, construyeron una empresa, aprendieron otro idioma, viajaron, formaron una familia, superaron dificultades que en algún momento parecían imposibles, adquirieron conocimientos que modificaron la manera en que comprenden el mundo.


Si comparan sus circunstancias actuales con las de hace una década, la diferencia puede ser enorme, a riesgo de equivocarme, existe otra comparación mucho más difícil: ¿Cuánto cambió la persona que vive dentro de esas nuevas circunstancias?


No me refiero a si aprendió más, tampoco a si ahora sabe tomar mejores decisiones profesionales o administrar mejor su dinero, me refiero a algo menos visible.


¿Cómo responde hoy cuando alguien la rechaza?

¿Qué ocurre cuando siente que puede perder a una persona importante?

¿Cuánto necesita demostrar su valor?

¿Cómo reacciona cuando recibe una crítica?

¿Qué hace frente al miedo, la frustración o la incertidumbre?

¿Cuánto ha cambiado su manera de relacionarse con quienes ama?


Ahí la respuesta puede ser diferente.


Según lo que yo pienso, uno de los conflictos de El Carro aparece cuando confundimos el crecimiento exterior con una transformación interior.


No porque una cosa sea superior a la otra, ambas son importantes, mejorar nuestras condiciones materiales puede proporcionarnos seguridad, libertad y posibilidades que antes no teníamos, estudiar amplía nuestros recursos, desarrollar una profesión puede construir una vida digna, conseguir objetivos también puede producir satisfacción y confianza, pero ninguna de esas cosas garantiza por sí sola que nuestra relación con nosotros mismos haya cambiado.


Una persona puede pasar de depender económicamente de su familia a tener completa independencia y continuar necesitando su aprobación para cada decisión importante. Puede convertirse en una profesional reconocida y seguir sintiéndose como aquella persona que necesita demostrar constantemente que merece estar ahí. Puede acumular conocimientos psicológicos y utilizar ese mismo conocimiento para explicar perfectamente por qué repite algo sin conseguir dejar de hacerlo. Incluso puede iniciar diferentes procesos terapéuticos y convertir la terapia en otra forma de saber más sobre sí misma sin modificar aquello que hace con ese conocimiento.


Comprender no siempre transforma, conseguir tampoco.


Hay avances que modifican el escenario y dejan intacto al personaje, esto explica, hasta cierto punto, una experiencia que algunas personas tienen cuando finalmente alcanzan aquello que durante años persiguieron, pensaban que cuando consiguieran cierto ingreso se sentirían seguras y no fue así, creyeron que una pareja estable terminaría con una sensación de soledad, llegó la relación y la soledad continuó apareciendo de otra manera, supusieron que el reconocimiento profesional les daría confianza, cuando lo obtuvieron descubrieron que necesitaban conservarlo constantemente.


Lo que buscaban afuera era real, pero quizá también estaban esperando que ese logro resolviera algo para lo que nunca fue diseñado.


No creo que esto signifique abandonar nuestras metas, me parece mucho más interesante preguntarnos qué esperábamos que hagan esas metas por nosotros, porque una meta económica puede mejorar nuestra economía, pero no necesariamente nuestra autoestima, una relación puede ofrecernos compañía, pero no garantiza que dejemos de sentir miedo al abandono, el conocimiento puede ayudarnos a comprender, pero no asegura que tengamos la capacidad de actuar de acuerdo con lo comprendido.


Una parte importante del trabajo interior consiste precisamente en distinguir esos niveles, podemos celebrar lo que conseguimos sin utilizarlo como evidencia de que ya resolvimos aquello que todavía permanece.


Tal vez por eso hay personas con vidas aparentemente exitosas que llegan a terapia preguntándose por qué continúan sintiendo o repitiendo ciertas cosas, no les falta inteligencia, no les falta esfuerzo, no les faltan resultados, en ocasiones les sobra capacidad para producir cambios externos y todavía necesitan aprender a producir cambios en la forma de relacionarse consigo mismas.


La pregunta no es si has avanzado, eso puede ser evidente, la pregunta es otra:


¿Qué parte de ti se ha transformado mientras tu vida cambiaba y qué parte continúa reaccionando como si todos esos años no hubieran pasado?


No necesitas despreciar tus logros para responderla, al contrario, puedes reconocer todo lo que construiste y, al mismo tiempo, aceptar que algunos aspectos de tu vida interior necesitan un trabajo diferente, porque evolucionar no consiste únicamente en llegar más lejos, también implica que quien llega no sea exactamente la misma persona que comenzó el recorrido.


Si has avanzado profesional, económica o intelectualmente, pero encuentras conflictos que continúan repitiéndose a pesar de todo lo aprendido, quizá no necesites otra meta, puede ser necesario trabajar aquello que el progreso externo nunca tuvo la capacidad de resolver, en un proceso terapéutico podemos explorar esa diferencia.


"De EL LOCO a EL MUNDO"

Método Psicoevolutivo de Transformación Arquetípica.


Contacto: WhatsApp +52 55 3119 8189





PUEDES AVANZAR SIN SABER HACIA DÓNDE VAS

Hay personas que parecen tener una vida perfectamente encaminada, trabajan, cumplen responsabilidades, resuelven problemas, construyen proyectos, obtienen resultados, cuando aparece un obstáculo buscan una solución y continúan, parece que saben exactamente hacia dónde van, pero a riesgo de equivocarme, no siempre es así, existe una diferencia importante entre saber avanzar y saber hacia dónde queremos dirigir nuestra vida.


Podemos aprender a cumplir objetivos sin preguntarnos durante años si esos objetivos todavía nos representan. 


Una persona puede ingresar a una profesión porque realmente le interesaba, con el tiempo obtiene experiencia, reconocimiento y estabilidad, todo indica que debe continuar, sin embargo, en algún momento descubre que ya no siente interés por aquello que durante años definió buena parte de su identidad.


Otra puede establecer una meta económica porque necesita seguridad, consigue aquello que buscaba, aumenta después la cantidad y continúa trabajando más, cada nuevo ingreso produce tranquilidad durante poco tiempo antes de convertirse en el nuevo mínimo necesario, después continúa exigiéndose más y la seguridad nunca llega.


También podemos mantener una relación, un proyecto o una manera de vivir porque funcionan bien, nada parece justificar un cambio y precisamente por eso dejamos de preguntarnos si todavía deberíamos estar ahí.


Según lo que yo pienso, uno de los conflictos más interesantes de El Carro aparece cuando confundimos movimiento con dirección. Moverse significa que algo está ocurriendo, tener dirección implica saber por qué queremos continuar hacia ese lugar, no son lo mismo.


Podemos avanzar rápidamente hacia algo que ya no deseamos, podemos ser disciplinados dentro de una vida que dejó de representarnos, podemos conseguir resultados que hace tiempo dejaron de responder a nuestras necesidades, incluso podemos sentir orgullo por nuestra capacidad de continuar mientras evitamos una pregunta difícil:


¿Todavía quiero llegar a donde todo esto me está llevando?


Esta pregunta no pretende convertir el movimiento en algo negativo, hay etapas en las que necesitamos actuar, construir, producir y asumir responsabilidades, el esfuerzo es fundamental en la vida, el problema aparece cuando avanzar se vuelve una respuesta automática, cuando detenernos para revisar una dirección comienza a sentirse como pérdida de tiempo, cuando cualquier pausa provoca culpa, cuando cambiar de objetivo parece invalidar todo lo que hicimos anteriormente.


En esos momentos, la propia capacidad puede convertirse en una dificultad, sabemos hacer tanto que podemos mantener durante años situaciones que otra persona habría tenido que cuestionar mucho antes, podemos resolver el cansancio organizándonos mejor, la insatisfacción la convertimos en una nueva meta, para la falta de sentido se llena la agenda y el vacío lo convertimos en otro proyecto. Cada solución permite continuar, pero no responde a la pregunta que está intentando manifestarse.


Hay personas que llegan a terapia sin una crisis evidente, no están destruidas, no dejaron de funcionar, no necesariamente presentan un problema que pueda explicarse en palabras, simplemente comenzaron a sospechar que la vida que saben sostener no es exactamente la vida que quieren continuar viviendo.


Esa pregunta se reprime porque resulta más difícil de responder que resolver un problema concreto, porque no existe algo externo a lo que podamos culpar, tal vez el trabajo funciona, la relación también, las responsabilidades están cubiertas, los resultados llegan y aun así aparece una sensación difícil de nombrar. No falta movimiento, falta dirección interior.


Una parte importante del trabajo con El Carro consiste, según lo que yo pienso, en aprender a dirigir nuestra potencia y no únicamente en demostrar que podemos utilizarla.


Porque tener fuerza no responde qué hacer con ella, tener disciplina no determina qué merece nuestro esfuerzo, ser capaz de conseguir algo tampoco demuestra que debamos seguir persiguiéndolo, en algún momento necesitamos revisar qué queremos construir con todo aquello que sabemos hacer.


Quiero dejarte dos preguntas.


¿La dirección actual de tu vida fue elegida por la persona que eres hoy o por una versión de ti que hace años decidió hacia dónde debía llegar?


Y si dejaras de preguntarte qué sigue.


 ¿Qué tendrías que preguntarte sobre la vida que ya tienes?


No necesitan una respuesta inmediata, de hecho, quizá responderlas demasiado rápido sea otra forma de continuar avanzando con sentido aparente, pero sin dirección profunda.


Sí externamente tu vida funciona, pero interiormente empiezas a cuestionar su dirección, quizá no necesites una nueva meta, puede ser necesario comprender qué buscas realmente antes de volver a poner toda tu fuerza en movimiento, en un proceso terapéutico podemos trabajar esa pregunta sin decirte hacia dónde debes ir.


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ELEGIRTE NO OCURRE UNA SOLA VEZ

Hay decisiones que tomamos después de pensarlas profundamente, elegimos una profesión porque expresaba nuestros intereses, construimos una relación porque deseábamos compartir la vida con esa persona, iniciamos un proyecto que reunía nuestras capacidades, convicciones y aspiraciones, aceptamos una forma de vida que, en ese momento, parecía corresponder con quienes éramos.


No todas las decisiones importantes nacen del miedo, la culpa o la necesidad de aprobación, algunas fueron verdaderamente nuestras, a riesgo de equivocarme, el problema puede aparecer años después, cuando seguimos sosteniéndolas sin preguntarnos si todavía representan a la persona en la que nos hemos convertido.


Con frecuencia entendemos la coherencia como permanencia, creemos que una persona coherente no cambia de dirección, sostiene su palabra, termina lo que comenzó, permanece fiel a sus decisiones, esta forma de pensar puede expresar responsabilidad, pero también puede convertir una elección pasada en una sentencia.


Según lo que yo he observado, elegir conscientemente no significa comprometer el resto de nuestra existencia con aquello esa elección, significa asumir una decisión desde la persona que somos en ese momento, aceptar sus consecuencias y conservar la posibilidad de revisarla conforme seguimos creciendo interiormente.


No somos exactamente la misma persona durante toda la vida, cambiamos después de una pérdida, después de una relación, después de tener hijos, después de atravesar una enfermedad, después de concluir una formación, después de descubrir una parte de nuestra historia que no habíamos comprendido.


También cambiamos sin que ocurra un acontecimiento extraordinario, la experiencia cotidiana puede modificar nuestros intereses, prioridades y maneras de vincularnos, lo que un día deseamos puede dejar de ser suficiente, aquello que nos daba sentido puede comenzar a limitarnos, una elección que fue auténtica puede necesitar una revisión igualmente auténtica.


Esto no significa abandonar todo cuando aparece una dificultad, hay decisiones que necesitan compromiso, paciencia y trabajo, una relación no deja de representarnos únicamente porque atraviesa un conflicto, un proyecto no pierde valor porque exige más esfuerzo del que imaginábamos, tampoco una profesión debe abandonarse cada vez que aparece cansancio.


En esa situación la pregunta seria: 


¿Estamos atravesando una dificultad dentro de una vida que todavía queremos construir o estamos utilizando la dificultad para no reconocer que dejamos de desearla?


No siempre es fácil distinguirlo, en ocasiones permanecemos porque existe algo valioso que necesita ser trabajado, en otras permanecemos porque cambiar nos obligaría a revisar la identidad que construimos a partir de esa elección. La persona que siempre quiso ser madre puede sentirse culpable al reconocer que también necesita recuperar una vida propia, quien dedicó décadas a una profesión puede experimentar vergüenza al descubrir que desea otra actividad, alguien que defendió una relación frente a todos puede sentir que terminarla confirmaría las críticas que recibió, una persona que se presentó durante años como fuerte e independiente puede resistirse a aceptar que necesita ayuda. 


Ya no se trata únicamente de cambiar una decisión, también habría que modificar la forma en que nos hemos explicado a nosotros mismos quiénes somos.


Una parte del trabajo de El Enamorado aparece en ese punto, elegirnos no consiste únicamente en tomar una gran decisión y sostenerla para siempre, también consiste en revisar nuestras elecciones sin tratarlas como pruebas definitivas de identidad. 


Podemos agradecer una etapa sin obligarnos a permanecer en ella, reconocer el valor de una relación sin asegurar que debe continuar de la misma manera, aceptar que un proyecto fue importante, aunque haya llegado el momento de terminarlo. 


Podemos cambiar de opinión sin negar la honestidad con la que pensamos anteriormente, hay decisiones que dejan de representarnos porque fueron tomadas desde una versión de nosotros que ya cumplió su recorrido, no tenemos que despreciarla, tampoco necesitamos continuar viviendo como ella para demostrarle fidelidad.


Quizá la coherencia más profunda no se encuentre en sostener siempre la misma elección, puede encontrarse en conservar la capacidad de preguntarnos si aquello que hacemos continúa expresando lo que sabemos, sentimos y necesitamos hoy.


Esta revisión tampoco tiene que conducir siempre a un cambio externo, tal vez descubramos que seguimos queriendo la relación, pero necesitamos establecer otros acuerdos. Que aún elegimos nuestra profesión, aunque debemos modificar la forma en que la ejercemos. Que el proyecto continúa teniendo sentido, pero ya no queremos sacrificar toda nuestra vida para sostenerlo. Volver a elegir no significa necesariamente empezar de nuevo, puede significar continuar de otra manera.


Quiero dejarte una pregunta que no busca invalidar las decisiones que has tomado:


¿La vida que construiste sigue expresando quién eres o se ha convertido en el compromiso que mantienes con una versión anterior de ti?


Responderla requiere algo más que hacer una lista de ventajas y desventajas, implica reconocer quién eras cuando elegiste, quién eres ahora y qué parte de tu vida todavía no ha podido acompañar ese cambio.


Si existe una distancia entre tus elecciones anteriores y la persona que hoy reconoces en ti, quizá no necesites abandonar inmediatamente lo que construiste, puede ser necesario comprender qué debe conservarse, qué necesita cambiar y qué ya no puede continuar.


En un proceso terapéutico podemos explorar esa diferencia sin imponer una decisión y sin reducir el cambio a una consigna sobre comenzar de nuevo.


"De EL LOCO a EL MUNDO"

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