NO ERES CULPABLE DE TODO LO QUE PIENSAS

No todos nuestros pensamientos corresponden con la persona que creemos ser. Podemos amar a alguien y sentir deseos de alejarnos, cuidar durante años a una persona y un día pensar que estamos cansados de hacerlo, sentir celos cuando quisiéramos alegrarnos por alguien o experimentar satisfacción cuando le ocurre algo malo a una persona que nos lastimó.


Muchas veces aparece inmediatamente un juicio: “No debería pensar esto.”


El pensamiento deja entonces de ser algo que podemos explorar y se convierte en una prueba contra nosotros mismos. Ya no preguntamos por qué apareció, comenzamos a preguntarnos qué clase de persona somos por haberlo pensado.


En La Justicia podemos cuestionar precisamente esa manera de relacionarnos con nuestra subjetividad. Pensar algo no significa hacerlo. Sentir algo tampoco significa que tengamos que actuar en consecuencia. Entre aquello que aparece dentro de nosotros y aquello que decidimos hacer existe un espacio donde podemos comprender y responsabilizarnos.


Una persona puede pensar “ya no quiero cuidar a mi padre” y sentirse profundamente culpable. Sin embargo, explorar ese pensamiento puede llevarla a reconocer años de agotamiento, enojo que nunca se permitió expresar, una relación complicada con su padre o simplemente la necesidad de recibir ayuda. Si condena el pensamiento antes de escucharlo, probablemente nunca llegue a esas preguntas.


Lo mismo ocurre con muchas partes de nosotros que preferimos mantener alejadas de la imagen que hemos construido. Queremos considerarnos generosos y aparece la envidia, queremos ser agradecidos y sentimos hartazgo, queremos amar y también sentimos enojo.


Nuestra subjetividad no tiene la obligación de ser moralmente ordenada.


Para mí, la individuación requiere poder reconocer esas contradicciones. Si únicamente admitimos aquello que coincide con la persona que consideramos correcto ser, corremos el riesgo de conocernos solamente dentro de los límites de nuestra propia aceptación.


Eso no significa justificar todo lo que pensamos ni convertir cada deseo en una conducta. Precisamente ahí aparece la responsabilidad. Puedo reconocer mi enojo sin lastimar a alguien, escuchar un deseo sin realizarlo o aceptar una fantasía sin convertirla en una decisión.


En terapia, aquello que una persona dice con vergüenza algunas veces resulta mucho más revelador que aquello que puede contar sin dificultad. No porque esconda necesariamente algo terrible, sino porque ahí suele existir una parte de su experiencia que lleva mucho tiempo siendo juzgada antes de poder ser comprendida.


¿Qué podrías descubrir de ti si antes de juzgar algunos de tus pensamientos te permitieras preguntar por qué están ahí?


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EL CONFLICTO ENTRE LO QUE QUIERO Y LO QUE ES

Hay momentos en los que aquello que queremos coincide con la realidad y prácticamente no existe conflicto. Quiero permanecer con alguien que también quiere permanecer conmigo, deseo conseguir algo y lo consigo, espero determinada respuesta y la recibo. El problema comienza cuando lo que quiero y lo que es toman caminos diferentes.


Puedo querer que alguien me ame, pero esa persona no me ama. Puedo querer que mi pareja cambie, pero no quiere hacerlo. Puedo desear que algo de mi pasado jamás hubiera sucedido, pero sucedió. Incluso puedo tener razones perfectamente comprensibles para querer una realidad diferente y eso no modifica la que tengo enfrente.


Una parte importante del sufrimiento puede aparecer precisamente ahí. No solamente me duele lo que ocurre, también me peleo con el hecho de que esté ocurriendo. Pienso cómo debería ser la otra persona, cómo tendría que haber reaccionado, qué tendría que haber pasado o cómo deberían haber resultado las cosas.


En La Justicia trabajo esto desde una idea que puede resultar difícil al principio: la realidad es perfecta.


No significa que todo sea bueno, agradable o deseable. Una pérdida puede ser profundamente dolorosa, una separación puede lastimarnos y una situación puede parecernos injusta. Cuando digo perfecta me refiero a algo mucho más sencillo: lo que es, es exactamente lo que es.


Aceptar eso tampoco significa resignarnos. Si existe algo que puedo transformar, reconocer la realidad me permite actuar sobre ella. Si no puedo cambiarla, me coloca frente a otro trabajo mucho más complejo, reconocer qué voy a hacer yo con aquello que existe, aunque no sea lo que quería.


Aquí aparece nuestra subjetividad. Dos personas pueden encontrarse frente a situaciones semejantes y vivirlas de maneras completamente diferentes. Por eso el trabajo no consiste en decirle a alguien cómo debería sentirse, sino en comprender qué significa esa realidad para esa persona.


También aparece la individuación. Conforme nos conocemos podemos aprender a distinguir entre “yo quiero que esto sea así” y “esto es así”. Mi deseo no necesita desaparecer, pero tampoco necesita convertirse en una exigencia hacia la realidad.


A riesgo de equivocarme, muchas veces comenzamos a movernos psicológicamente cuando dejamos de preguntarnos por qué las cosas no son como queremos y aparece una pregunta diferente:


Esto es lo que hay, ¿Qué voy a hacer yo frente a ello?


En un proceso terapéutico esa pregunta puede abrir un trabajo profundo. No para enseñarnos a conformarnos, sino para descubrir por qué determinadas realidades nos resultan tan difíciles de aceptar, qué seguimos esperando de ellas y qué parte de nuestra vida permanece detenida mientras intentamos que algo sea diferente.


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ENTRE LO JUSTO Y LO CORRECTO, ELIGE LO JUSTO

Desde pequeños aprendemos muchas cosas sobre lo que está bien y lo que está mal. Una parte importante de nuestra educación consiste precisamente en eso, alguien nos enseña cómo debemos comportarnos, qué podemos hacer, qué no deberíamos hacer, cuáles conductas reciben aprobación y cuáles producen rechazo. 


Con los años esas enseñanzas se vuelven mucho más complejas. Aprendemos qué significa ser un buen hijo, una buena pareja, un buen padre, un buen amigo, una persona responsable, generosa o agradecida. También aprendemos qué pensamientos son aceptables, qué emociones deberíamos controlar, qué deseos pueden expresarse y cuáles conviene mantener escondidos. 


No considero que todo eso sea necesariamente malo. Vivimos con otras personas y necesitamos construir acuerdos, límites y formas de convivencia. El conflicto comienza cuando utilizamos esas categorías para relacionarnos con nuestra propia subjetividad y dejamos de preguntarnos qué ocurre realmente dentro de nosotros. 


Según lo que yo pienso, uno de los conflictos más importantes que podemos trabajar a través de La Justicia aparece cuando aquello que consideramos correcto comienza a producirnos malestar y, aun así, seguimos haciéndolo porque hacer algo diferente nos haría sentir egoístas, irresponsables, desagradecidos o culpables. 


Una persona puede considerar correcto estar disponible para su familia cada vez que la necesitan y terminar completamente agotada. Puede pensar que debe conservar una relación porque existe un compromiso y pasar años reconociendo que ya no quiere permanecer ahí. Puede creer que una buena persona siempre perdona y obligarse a acercarse nuevamente a alguien cuando todavía necesita distancia. Incluso puede experimentar un deseo perfectamente claro y dedicar mucho tiempo a construir razones para demostrar por qué no debería sentirlo. 


En todos esos casos solemos preguntarnos qué sería lo correcto. 


Yo propongo comenzar a introducir otra pregunta: ¿qué sería justo para mí? 


La diferencia es importante. Lo correcto suele estar relacionado con criterios que ya conocemos, mientras que descubrir lo justo requiere reconocer nuestra subjetividad. Nadie puede construir una regla general que determine qué necesita cada individuo para su bienestar porque una misma situación puede adquirir significados completamente diferentes según la historia, los deseos, los vínculos y los conflictos de cada persona. 


Eso tampoco significa convertir “lo justo para mí” en una justificación para hacer cualquier cosa. Si utilizáramos La Justicia para decir “hago lo que quiero y los demás tendrán que aceptarlo”, solamente habríamos construido otra manera de evitar nuestra responsabilidad. 


Elegir lo justo implica hacernos responsables. 


Puedo reconocer que necesito poner distancia con una persona y aceptar que esa decisión tendrá consecuencias. Puedo decir que no a algo que antes aceptaba y comprender que alguien puede molestarse. Puedo abandonar una conducta que recibía aprobación y encontrarme con personas que no entiendan mi decisión. También puedo elegir algo pensando que favorecerá mi bienestar y descubrir posteriormente que me equivoqué. 


La responsabilidad no garantiza que siempre sepamos qué hacer, simplemente nos devuelve la posibilidad de reconocer que estamos participando en nuestra propia vida. 


A riesgo de equivocarme, ahí existe una diferencia importante entre culpa y responsabilidad. Cuando convertimos todo en bueno o malo podemos terminar preguntándonos si somos buenas o malas personas por aquello que pensamos, sentimos o hacemos. La responsabilidad permite formular preguntas diferentes: ¿qué estoy haciendo?, ¿qué produce esto en mí?, ¿me resulta útil para mi bienestar?, ¿qué consecuencias estoy dispuesto a asumir? 


Esto también permite observar pensamientos y emociones de otra manera. Sentir enojo no necesita convertirnos en malos, sentir celos no demuestra que seamos personas negativas y pensar algo que nos avergüenza no significa que vayamos a convertirlo en un acto. Podemos reconocer lo que aparece dentro de nosotros antes de apresurarnos a condenarlo. 


Nuestra subjetividad no necesita coincidir permanentemente con aquello que aprendimos que deberíamos sentir. 


Para mí, esto también tiene una relación profunda con la individuación. Conforme nos conocemos podemos comenzar a diferenciar aquello que realmente pertenece a nuestra experiencia de las ideas, expectativas y valores con los que nos identificamos durante nuestra historia. Algunas seguirán teniendo sentido y las conservaremos, otras quizá descubramos que ya no corresponden con nosotros. 


El objetivo no sería convertirnos en personas que solamente hacen aquello que les produce placer inmediato. El bienestar del que hablo es mucho más amplio y requiere responsabilidad, porque algunas decisiones necesarias pueden resultar difíciles, provocar miedo, producir tristeza o exigir atravesar momentos dolorosos. 


Por eso lo justo no siempre será lo más fácil. 


Puede ser mucho más sencillo continuar haciendo aquello que sabemos hacer, conservar la aprobación de los demás y seguir respondiendo de la manera que se espera de nosotros. Lo difícil algunas veces será reconocer que algo considerado correcto lleva demasiado tiempo produciéndonos malestar. 


¿Cuántas cosas continúas haciendo porque consideras que son correctas, aunque hace tiempo dejaron de ser justas para ti? 


En un proceso terapéutico no considero que mi función sea decirle a una persona cuál es la decisión correcta. Me parece mucho más interesante acompañarla a reconocer su propia subjetividad, comprender qué produce bienestar y malestar dentro de su experiencia y asumir progresivamente la responsabilidad de construir una vida que corresponda más profundamente con quien es. 


Tal vez ahí comienza una de las tareas fundamentales de La Justicia: dejar de vivir intentando aprobar permanentemente un examen sobre lo correcto y comenzar a asumir la responsabilidad de descubrir qué es justo para nosotros. 


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