DE ADULTO, AUTORÍZATE LO QUE TE PROHIBIERON DE NIÑO

Hay algo que aparece con frecuencia en mi consulta. Una persona me cuenta algo que desea hacer y después explica todas las razones por las que no puede hacerlo. Cuando comenzamos a revisar esas razones, algunas veces descubrimos algo interesante: en realidad sí puede, pero no se lo permite.


De niños esto tenía sentido. Dependíamos de adultos que decidían qué podíamos hacer, qué estaba prohibido, cómo debíamos comportarnos y cuáles de nuestros deseos eran aceptables. Escuchamos frases como “eso no se hace”, “no digas eso”, “tú no puedes”, “eso no es para ti” o “qué van a pensar de ti”.


Después crecemos, podemos elegir nuestra profesión, nuestras relaciones, nuestra manera de vestir, dónde vivir, cómo utilizar nuestro tiempo y muchas otras cosas. Sin embargo, algunas prohibiciones continúan funcionando dentro de nosotros como si todavía necesitáramos que alguien nos diera permiso.


Ahí aparece una pregunta que me gusta trabajar con mis pacientes:

¿Quién te lo está prohibiendo hoy?


La respuesta algunas veces es sorprendente porque la persona que estableció aquella prohibición ya no participa en la decisión, incluso puede haber muerto hace muchos años. Nadie está diciendo que no y, aun así, seguimos esperando escuchar un sí.


En La Justicia, autorizarse no significa rebelarse contra nuestros padres ni hacer todo aquello que alguna vez estuvo prohibido. Si hago algo solamente para demostrar que ahora nadie puede impedírmelo, aquella prohibición todavía participa en mi decisión.


La individuación requiere otro movimiento. Necesito preguntarme qué quiero yo, qué me resulta justo dentro de mi propia subjetividad y qué estoy dispuesto a hacer con aquello que descubro.


Puedo conservar algunas enseñanzas recibidas porque hoy también corresponden con mis propios criterios. Puedo abandonar otras porque descubro que solamente las seguía obedeciendo. Lo importante es comenzar a reconocer quién está tomando la decisión.


Y ahí entra la responsabilidad. Autorizarme no significa que mis decisiones dejen de tener consecuencias. Significa que puedo darme permiso para elegir y también hacerme responsable de aquello que produzca mi elección.


En terapia encuentro personas que saben desde hace mucho tiempo qué desean hacer. Su dificultad no consiste en encontrar una respuesta. Consiste en descubrir por qué, siendo adultas, todavía necesitan sentirse autorizadas para vivirla.


Tal vez una parte importante de crecer interiormente sea poder decir: esto es lo que quiero, puedo decidirlo y estoy dispuesto a responsabilizarme de mi decisión.


¿Qué sigues esperando que alguien te permita hacer?


"De EL LOCO a EL MUNDO"

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NO ERES CULPABLE DE TODO LO QUE PIENSAS

No todos nuestros pensamientos corresponden con la persona que creemos ser. Podemos amar a alguien y sentir deseos de alejarnos, cuidar durante años a una persona y un día pensar que estamos cansados de hacerlo, sentir celos cuando quisiéramos alegrarnos por alguien o experimentar satisfacción cuando le ocurre algo malo a una persona que nos lastimó.


Muchas veces aparece inmediatamente un juicio: “No debería pensar esto.”


El pensamiento deja entonces de ser algo que podemos explorar y se convierte en una prueba contra nosotros mismos. Ya no preguntamos por qué apareció, comenzamos a preguntarnos qué clase de persona somos por haberlo pensado.


En La Justicia podemos cuestionar precisamente esa manera de relacionarnos con nuestra subjetividad. Pensar algo no significa hacerlo. Sentir algo tampoco significa que tengamos que actuar en consecuencia. Entre aquello que aparece dentro de nosotros y aquello que decidimos hacer existe un espacio donde podemos comprender y responsabilizarnos.


Una persona puede pensar “ya no quiero cuidar a mi padre” y sentirse profundamente culpable. Sin embargo, explorar ese pensamiento puede llevarla a reconocer años de agotamiento, enojo que nunca se permitió expresar, una relación complicada con su padre o simplemente la necesidad de recibir ayuda. Si condena el pensamiento antes de escucharlo, probablemente nunca llegue a esas preguntas.


Lo mismo ocurre con muchas partes de nosotros que preferimos mantener alejadas de la imagen que hemos construido. Queremos considerarnos generosos y aparece la envidia, queremos ser agradecidos y sentimos hartazgo, queremos amar y también sentimos enojo.


Nuestra subjetividad no tiene la obligación de ser moralmente ordenada.


Para mí, la individuación requiere poder reconocer esas contradicciones. Si únicamente admitimos aquello que coincide con la persona que consideramos correcto ser, corremos el riesgo de conocernos solamente dentro de los límites de nuestra propia aceptación.


Eso no significa justificar todo lo que pensamos ni convertir cada deseo en una conducta. Precisamente ahí aparece la responsabilidad. Puedo reconocer mi enojo sin lastimar a alguien, escuchar un deseo sin realizarlo o aceptar una fantasía sin convertirla en una decisión.


En terapia, aquello que una persona dice con vergüenza algunas veces resulta mucho más revelador que aquello que puede contar sin dificultad. No porque esconda necesariamente algo terrible, sino porque ahí suele existir una parte de su experiencia que lleva mucho tiempo siendo juzgada antes de poder ser comprendida.


¿Qué podrías descubrir de ti si antes de juzgar algunos de tus pensamientos te permitieras preguntar por qué están ahí?


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EL CONFLICTO ENTRE LO QUE QUIERO Y LO QUE ES

Hay momentos en los que aquello que queremos coincide con la realidad y prácticamente no existe conflicto. Quiero permanecer con alguien que también quiere permanecer conmigo, deseo conseguir algo y lo consigo, espero determinada respuesta y la recibo. El problema comienza cuando lo que quiero y lo que es toman caminos diferentes.


Puedo querer que alguien me ame, pero esa persona no me ama. Puedo querer que mi pareja cambie, pero no quiere hacerlo. Puedo desear que algo de mi pasado jamás hubiera sucedido, pero sucedió. Incluso puedo tener razones perfectamente comprensibles para querer una realidad diferente y eso no modifica la que tengo enfrente.


Una parte importante del sufrimiento puede aparecer precisamente ahí. No solamente me duele lo que ocurre, también me peleo con el hecho de que esté ocurriendo. Pienso cómo debería ser la otra persona, cómo tendría que haber reaccionado, qué tendría que haber pasado o cómo deberían haber resultado las cosas.


En La Justicia trabajo esto desde una idea que puede resultar difícil al principio: la realidad es perfecta.


No significa que todo sea bueno, agradable o deseable. Una pérdida puede ser profundamente dolorosa, una separación puede lastimarnos y una situación puede parecernos injusta. Cuando digo perfecta me refiero a algo mucho más sencillo: lo que es, es exactamente lo que es.


Aceptar eso tampoco significa resignarnos. Si existe algo que puedo transformar, reconocer la realidad me permite actuar sobre ella. Si no puedo cambiarla, me coloca frente a otro trabajo mucho más complejo, reconocer qué voy a hacer yo con aquello que existe, aunque no sea lo que quería.


Aquí aparece nuestra subjetividad. Dos personas pueden encontrarse frente a situaciones semejantes y vivirlas de maneras completamente diferentes. Por eso el trabajo no consiste en decirle a alguien cómo debería sentirse, sino en comprender qué significa esa realidad para esa persona.


También aparece la individuación. Conforme nos conocemos podemos aprender a distinguir entre “yo quiero que esto sea así” y “esto es así”. Mi deseo no necesita desaparecer, pero tampoco necesita convertirse en una exigencia hacia la realidad.


A riesgo de equivocarme, muchas veces comenzamos a movernos psicológicamente cuando dejamos de preguntarnos por qué las cosas no son como queremos y aparece una pregunta diferente:


Esto es lo que hay, ¿Qué voy a hacer yo frente a ello?


En un proceso terapéutico esa pregunta puede abrir un trabajo profundo. No para enseñarnos a conformarnos, sino para descubrir por qué determinadas realidades nos resultan tan difíciles de aceptar, qué seguimos esperando de ellas y qué parte de nuestra vida permanece detenida mientras intentamos que algo sea diferente.


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