CUANDO SIEMPRE ESTÁS ESPERANDO QUE ALGO CAMBIE

Hay etapas de la vida que realmente son transitorias, atravesamos una dificultad económica, terminamos una formación, esperamos que concluya un problema familiar o trabajamos durante meses para conseguir algo importante, sabemos que determinadas cosas tendrán que esperar, eso forma parte de vivir.


A riesgo de equivocarme, existe una diferencia entre atravesar una etapa temporal y convertir nuestra vida entera en una etapa temporal, esto último puede pasar casi inadvertido, seguimos trabajando, cumplimos responsabilidades, tomamos decisiones, hacemos planes, no parece que estemos esperando, sin embargo, buena parte de lo que deseamos permanece colocada después de alguna condición.


Cuando tenga más dinero, cuando termine este proyecto, cuando encuentre una pareja, cuando mis hijos crezcan, cuando tenga menos responsabilidades, etc.


Una de las sombras de El Carro puede aparecer cuando vivimos orientados hacia un punto futuro donde imaginamos que las condiciones finalmente permitirán que nuestra verdadera vida comience, mientras tanto, continuamos avanzando y quizá precisamente por eso tardamos tanto en reconocer el problema.


No estamos paralizados, podemos incluso conseguir muchas cosas, pero cada conquista parece preparar la siguiente etapa y el presente termina convertido en un lugar de paso.


Según lo que yo pienso, el futuro tiene una característica psicológica bastante seductora, todavía no puede contradecirnos, podemos imaginar que cuando cambien nuestras circunstancias seremos más tranquilos, más libres o más capaces de disfrutar.


Podemos pensar que una relación diferente modificará determinada experiencia, que con más dinero desaparecerá cierta preocupación, que cuando tengamos tiempo comenzaremos finalmente aquello que llevamos años queriendo hacer.


Tal vez algunas de esas cosas ocurran, las circunstancias importan, pero también puede llegar el cambio y encontrarnos nuevamente colocando nuestra vida detrás de una condición diferente, ahí merece la pena dejar de preguntarnos únicamente qué falta para llegar y comenzar a observar por qué necesitamos vivir de esa manera, porque algunas promesas sobre el futuro nos permiten aplazar decisiones que pertenecen al presente.


No necesariamente decisiones enormes, a veces aplazamos permitirnos disfrutar, relacionarnos de otra manera, tomarnos en serio un deseo, reconocer que algo no nos gusta o aceptar que la vida que construimos no produjo exactamente aquello que esperábamos sentir al construirla.


El “después” puede mantener abierta una posibilidad muy tranquilizadora: todavía no estoy viviendo como quiero porque todavía no he llegado.


Mientras esa explicación permanezca, no tenemos que descubrir qué ocurriría si llegáramos y algunas cosas siguieran exactamente igual dentro de nosotros, ese punto me parece mucho más interesante que recomendar “vivir el presente”, porque una persona puede saber perfectamente que debería disfrutar más lo que tiene, puede repetírselo durante años, puede incluso intentarlo y continuar sintiendo que algo importante comenzará después.


Cuando un patrón persiste a pesar de que ya lo reconocemos, quizá no necesitemos otro consejo, necesitamos comprender qué función cumple.


¿Qué protege esa expectativa?


¿Qué evita confrontar?


¿Qué mantiene pendiente?


Ahí es donde un proceso terapéutico puede abrir algo diferente, no se trata de convencerte de abandonar tus planes ni de conformarte con tus circunstancias actuales, se trata de descubrir por qué una parte de tu vida necesita permanecer siempre unos metros adelante de ti.


Porque quizá el problema no sea que todavía no hayas llegado, puede ser que llevas tanto tiempo viviendo hacia el siguiente lugar que ya no sabes qué tendría que ocurrir si finalmente no hubiera nada que esperar.


Si reconoces que desde hace años tu tranquilidad, tus deseos o alguna parte importante de tu vida permanecen detrás de un “cuando…”, podemos comenzar a trabajar precisamente desde ahí.


"De EL LOCO a EL MUNDO"

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SABES LLEGAR, ¿PERO SABES QUEDARTE?

Hay personas que tienen una enorme capacidad para comenzar, se entusiasman con una relación, un proyecto, un trabajo o una nueva etapa. 


Mientras aquello está comenzando pueden dedicarle tiempo, energía y atención, existe algo por descubrir y también cierta incertidumbre sobre lo que ocurrirá.


Después llega un momento menos espectacular, aquello que era nuevo comienza a convertirse en cotidiano.


A riesgo de equivocarme, una de las manifestaciones más interesantes de El Carro puede aparecer precisamente después de la conquista, no cuando intentamos conseguir algo, sino cuando ya lo conseguimos. 


Una relación puede comenzar con conversaciones interminables, descubrimientos y una enorme curiosidad por conocer al otro, con el tiempo conocemos sus historias, sus costumbres, sus defectos y también conoce los nuestros, ya no existe la misma cantidad de territorio por descubrir, entonces podemos pensar que la relación perdió algo y, seguramente lo perdió, perdió novedad, la pregunta es si también perdió valor.


Algo parecido puede ocurrir con un proyecto, mientras está naciendo pensamos constantemente en él, hay problemas que resolver, decisiones importantes y posibilidades abiertas, cuando finalmente funciona, aparece otro tipo de trabajo, el poder sostenerlo, entonces aparece la tentación de buscar algo nuevo, no necesariamente porque seamos irresponsables o incapaces de comprometernos.


Según lo que yo pienso, puede existir una dificultad menos evidente, algunas personas aprendieron a sentirse especialmente vivas cuando están conquistando algo, mientras existe una distancia entre ellas y aquello que desean, hay deseo y movimiento, cuando finalmente llegan, esa tensión desaparece.


Hay quienes pueden interpretar esa disminución como una señal de que necesitan marcharse, por eso alguien puede tener una sucesión de relaciones intensas que comienzan extraordinariamente bien y terminan cuando aparece la cotidianeidad, puede iniciar proyectos interesantes y perder entusiasmo justo cuando comienzan a consolidarse, puede cambiar de trabajo buscando nuevamente esa sensación de posibilidad que existía al principio del anterior.


A simple vista parecen historias diferentes, lo que me interesa es qué ocurre siempre en el mismo momento: cuando ya no existe nada que conquistar.


Permanecer tiene mala fama cuando se confunde con resignación, no estoy hablando de quedarse en una relación que hace daño, mantener un trabajo que destruye nuestra vida o continuar un proyecto que dejó de tener sentido, permanecer también puede ser una elección y exige capacidades distintas a las necesarias para conquistar.


Al comienzo de una relación descubrimos al otro, después necesitamos aprender a relacionarnos con la persona que ya conocemos. Al comenzar un proyecto imaginamos posibilidades, después necesitamos convivir con sus límites. Al llegar a una nueva etapa podemos reinventarnos, después tendremos que descubrir qué hacemos cuando esa nueva identidad también se vuelva cotidiana.


Hay algo menos excitante en todo esto, pero no necesariamente menos profundo, una parte importante de la vida ocurre precisamente después de que termina la novedad, ahí comenzamos a conocer realmente aquello que elegimos y también comenzamos a conocernos dentro de ello.


Tal vez por eso algunas personas pueden pasar muchos años cambiando de escenarios y encontrando siempre la misma sensación, al principio todo parece diferente, después algo se apaga, entonces vuelven a moverse.


No siempre necesitamos detener ese movimiento, pero sí puede valer la pena comprenderlo antes de concluir nuevamente que el problema está en aquello que dejó de emocionarnos.


¿Qué suele ocurrir contigo cuando aquello que deseabas finalmente se convierte en parte de tu vida cotidiana?


Esa pregunta puede resultar especialmente importante si reconoces una historia de relaciones, proyectos o etapas que comienzan con mucha intensidad y pierden sentido cuando desaparece la sensación de conquista.


Quizá hayas pensado muchas veces que todavía no encuentras a la persona, el trabajo o el proyecto adecuado, puede ser, pero si el mismo momento se repite con escenarios diferentes, vale la pena mirar también qué ocurre contigo ahí.


Un proceso terapéutico puede servir precisamente para eso.


No para convencerte de permanecer donde ya no quieres estar, sino para distinguir cuándo realmente terminó tu deseo y cuándo necesitas marcharte para volver a sentir la intensidad de estar persiguiendo algo, si reconoces esa diferencia como un conflicto en tu vida, puedes escribirme.




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CUANDO NECESITAS TENER RAZÓN

Hay discusiones que comienzan intentando resolver un problema y terminan intentando establecer quién tiene razón, en algún momento dejamos de escuchar, recordamos detalles que apoyan nuestra versión, explicamos nuestras intenciones, señalamos las contradicciones del otro y si reconocemos un error, podemos sentir inmediatamente la necesidad de agregar una explicación que disminuya nuestra responsabilidad.


A riesgo de equivocarme, en algunas discusiones ya no estamos defendiendo una idea, estamos defendiendo la imagen que necesitamos conservar de nosotros mismos.


Una persona puede considerarse justa, responsable, inteligente o consciente, entonces aparece una situación donde actuó de una manera que contradice esa imagen, reconocerlo no siempre resulta sencillo, porque ya no tendría que aceptar únicamente “me equivoqué”, también tendría que aceptar que puede ser injusta, aunque se considere justa, lastimar a alguien, aunque no haya querido hacerlo o actuar desde un lugar que creía haber trabajado.


Una manifestación de El Carro puede aparecer cuando necesitamos vencer esa contradicción.


Encontramos una explicación que nos permita continuar siendo la persona que creemos que somos.


“Sí lo hice, pero fue porque tú…”

“Reconozco mi error, aunque también tienes que reconocer…”

“No estoy justificándome, solamente quiero que entiendas…”


Tal vez lo que explicamos sea cierto, el problema no está necesariamente en la explicación, está en para qué la necesitamos en ese momento, saber si puede ayudarnos a comprender nuestra conducta o puede servir para protegernos de algo que no queremos reconocer sobre nosotros. 


Esta diferencia importa mucho en un proceso de trabajo interior, porque conocernos no consiste únicamente en comprender nuestras heridas, necesidades y razones, también implica encontrarnos con aspectos propios que no coinciden con la persona que nos gusta pensar que somos, en ese punto, la inteligencia puede convertirse incluso en una defensa.


Mientras mejores sean nuestros argumentos, más fácil puede resultar construir una explicación donde nuestra participación quede suficientemente justificada, podemos pasar años entendiendo por qué los demás reaccionan de determinada manera y dedicar mucho menos tiempo a preguntarnos qué ocurre con nosotros dentro de esas relaciones.


No se trata de asumir toda la culpa, eso sería tan poco útil como colocarla completamente afuera, se trata de poder reconocer nuestra parte sin sentir que hacerlo destruye nuestro valor, porque si cada error amenaza lo que pensamos sobre nosotros, necesitaremos defendernos cada vez que alguien nos muestre algo que contradiga esa imagen y terminaremos aprendiendo mucho sobre los errores ajenos mientras permanecemos bastante protegidos de los propios.


Según lo que yo pienso, existe un momento importante en cualquier trabajo terapéutico, ocurre cuando una persona puede dejar de preguntarse quién tuvo razón durante unos minutos y comenzar a preguntarse:


¿Qué hice yo con aquello que me ocurrió?


No para condenarse, sino para conocerse, tal vez descubramos que reaccionamos desde el miedo, que intentamos controlar, que castigamos retirándonos, que necesitamos ganar, que repetimos exactamente algo que criticamos en los demás.


Reconocerlo puede ser incómodo, pero también abre una posibilidad que ninguna justificación ofrece: hacer algo diferente la próxima vez.


Por eso una terapia profunda no debería convertirse en un lugar donde el terapeuta confirme constantemente nuestra versión de los hechos, tampoco en un tribunal donde alguien determine quién fue culpable, puede ser un espacio donde nuestras explicaciones sean escuchadas, pero también cuestionadas cuando comienzan a impedirnos mirar algo de nosotros.


Eso exige bastante más que contar lo ocurrido, exige estar dispuesto a descubrir algo que quizá todavía no sabemos, incluso cuando llevamos años pensando sobre nosotros mismos.


¿Qué conflicto continúa repitiéndose porque todavía puedes explicar perfectamente por qué el problema está en los demás?


Si has trabajado mucho en comprenderte, pero algunas dificultades siguen apareciendo en tus relaciones, quizá haya llegado el momento de mirar aquello que no puedes observar fácilmente desde tu propia posición, ese es precisamente uno de los sentidos de realizar un proceso acompañado, si quieres comenzar ese trabajo conmigo, puedes escribirme


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