CAMBIAR DE ELECCIÓN NO SIEMPRE TE CAMBIA

Hay momentos en los que cambiar es necesario, no todo puede resolverse permaneciendo en el mismo lugar, existen relaciones que deben terminar, trabajos que es necesario abandonar, dinámicas familiares de las que necesitamos tomar distancia, proyectos que ya no representan lo que queremos construir.


A riesgo de equivocarme, el problema no está en realizar esos cambios, el problema aparece cuando esperamos que una circunstancia diferente transforme automáticamente la manera en que nos relacionamos con ella.


Una persona puede terminar una relación porque durante años no pudo expresar lo que necesitaba. Conoce a alguien diferente, se siente valorada al principio y, poco a poco, vuelve a reprimirse para evitar que la otra persona se moleste, cambió de pareja, pero no cambió su relación con el conflicto.


Alguien puede abandonar un trabajo donde aceptaba responsabilidades excesivas, encuentra una nueva oportunidad, establece que esta vez será diferente y, después de unos meses, vuelve a resolver los problemas de todos para sentirse indispensable, cambió de empresa, pero no cambió la necesidad de demostrar su valor mediante el sacrificio.


Otra persona puede alejarse de una familia que intentaba controlar sus decisiones, consigue independencia, construye una vida propia y después necesita que su pareja apruebe todo lo que hace, cambió la figura que tenía autoridad, pero no cambió su relación con la aprobación.


Una parte importante del trabajo de El Enamorado consiste en distinguir entre cambiar una elección y transformar la posición interior desde la que elegimos.


No son procesos opuestos, en sí, son complementarios, en muchas ocasiones necesitamos ambos, sería absurdo decirle a una persona que permanezca en una relación destructiva hasta comprender por qué llegó a ella, también, sería insuficiente suponer que terminarla impedirá cualquier repetición posterior con otra persona.


Hay decisiones que modifican las circunstancias, el trabajo interior puede modificar nuestra participación en ellas, esto no significa culparnos por todo lo que ocurre, no somos responsables de la violencia, el engaño, el abuso o las decisiones de los demás, sin embargo, podemos preguntarnos qué hacemos cuando aparecen ciertas señales, qué toleramos, qué callamos, qué intentamos reparar y por qué algunas situaciones permanecen durante tanto tiempo en nuestra vida.


La pregunta no es quién tuvo toda la culpa, la pregunta es qué necesitamos comprender para no volver a ocupar el mismo lugar frente a una persona diferente.


Cambiar de escenario puede producir alivio, también puede ofrecernos la oportunidad de comenzar de otra manera, pero esa oportunidad necesita algo más que una promesa, requiere observar lo que hacemos cuando sentimos miedo, cómo reaccionamos ante el desacuerdo, qué sacrificamos para conservar un vínculo, cuánto necesitamos sentirnos reconocidos, qué parte de nosotros vuelve a negociar aquello que juramos no aceptar.


No basta con elegir a una persona diferente si seguimos creyendo que el amor debe ganarse, no basta con encontrar un mejor trabajo si continuamos midiendo nuestro valor por todo lo que somos capaces de soportar, no basta con alejarnos de quienes decidían por nosotros si todavía sentimos que elegir sin aprobación es una forma de traición.


Una elección diferente puede abrir una puerta, la forma de atravesarla depende, hasta cierto punto, de aquello que hemos trabajado interiormente. Tal vez por eso algunas personas cambian muchas cosas y continúan sintiendo que su vida termina pareciéndose demasiado a la anterior. No es necesariamente mala suerte, tampoco demuestra que todos los escenarios sean iguales, puede señalar que una parte de su historia sigue interviniendo en la manera de vincularse con cada nueva experiencia.


Quiero dejarte una pregunta: ¿Qué conflicto vuelve a aparecer en tu vida, aunque cambien las personas, los lugares y las decisiones?


No busques una respuesta rápida, puede ser fácil señalar lo que los demás hicieron y mucho más difícil reconocer qué lugar terminamos ocupando frente a ellos.


Si has cambiado de relación, trabajo o forma de vida, pero ciertas experiencias siguen repitiéndose, quizá no necesites un nuevo cambio inmediato, puede que necesites previamente comprender qué permanece dentro de ti cuando todo lo demás cambia. En un proceso terapéutico podemos explorar esa repetición sin convertirla en culpa y sin reducirla a la idea superficial de que “tú la provocaste”.


"De EL LOCO a EL MUNDO"

Método Psicoevolutivo de Transformación Arquetípica.


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QUE DUELA NO SIGNIFICA QUE ELEGISTE MAL

Hay decisiones que sabemos necesarias y, aun así, nos duelen.


Podemos terminar una relación después de años de conflictos y extrañar profundamente a esa persona. Podemos alejarnos de una familia que no respetaba nuestros límites y sentir culpa cuando comenzamos a tomar distancia. Podemos renunciar a un trabajo que estaba afectando nuestra salud y despertar preguntándonos si debimos resistir un poco más. La decisión tiene sentido y el dolor que genera, también.


A riesgo de equivocarme, una de las ideas que más confusión produce, es creer que una elección correcta debe sentirse bien desde el principio, no siempre sucede así, en ocasiones elegimos algo necesario y después atravesamos emociones que parecen contradecir nuestra decisión, extrañamos, dudamos, idealizamos lo que dejamos, recordamos los momentos buenos y comenzamos a minimizar aquello que nos llevó a terminar.


La mente busca disminuir la pérdida, para conseguirlo puede reconstruir el pasado y mostrarlo como un lugar más seguro de lo que realmente fue.


Según lo que yo pienso, una parte importante del trabajo con El Enamorado consiste en aprender a escuchar nuestras emociones sin convertirlas automáticamente en instrucciones. 


Sentir tristeza no siempre significa que debemos volver, sentir culpa no demuestra que fuimos injustos, sentir miedo no confirma que elegimos mal, sentir nostalgia no convierte el pasado en el lugar al que todavía pertenecemos.


Las emociones tienen algo que decir, pero no siempre dicen lo que creemos.


La culpa puede aparecer porque comenzamos a hacer algo que antes nos estaba prohibido. La tristeza puede mostrar que una etapa importante terminó, aunque terminarla haya sido necesario. El miedo puede surgir porque abandonamos una forma de vida conocida y todavía no sabemos cómo será la siguiente. La nostalgia puede recordar aquello que también fue valioso, sin negar lo que dejó de funcionar.


Podemos amar a alguien y reconocer que no podemos continuar relacionándonos de la misma manera. Podemos agradecer una experiencia y aceptar que ya terminó. Podemos lamentar una pérdida sin convertirla en un error.


Esto no significa que nunca debamos revisar nuestras decisiones. Podemos actuar impulsivamente, equivocarnos o descubrir que no consideramos algo importante, la diferencia está en no tomar el dolor como la única prueba. Antes de regresar, quizá convenga preguntarnos qué extrañamos realmente: 


¿Extrañamos a la persona o la sensación de no estar solos?


¿Extrañamos el trabajo o la seguridad que nos proporcionaba?


¿Extrañamos a nuestra familia o seguimos esperando recibir de ella aquello que nunca pudo ofrecernos?


¿Queremos recuperar lo que dejamos o buscamos terminar con la incertidumbre que apareció después?


Una de las dificultades de elegir consiste en que no solo tomamos una dirección, también perdemos una forma conocida de vivir, incluso cuando esa forma nos lastimaba. 


El cuerpo y la mente necesitan tiempo para reconocer el cambio, por eso algunas decisiones conscientes no producen paz inmediata, primero producen un espacio vacío y ese espacio puede sentirse tan doloroso que regresar parece más sencillo que descubrir qué podemos construir después.


Tal vez el trabajo interior no consiste en dejar de sentir dolor al elegir, tal vez consiste en aprender a atravesarlo sin utilizarlo como una razón automática para volver a aquello que ya habíamos reconocido que necesitábamos dejar.


Quiero dejarte una pregunta: ¿Eso que hoy deseas recuperar todavía puede darte una vida diferente o únicamente puede terminar con el dolor momentáneo de haberlo perdido?


Si sabes por qué tomaste una decisión, pero la culpa, el miedo o la nostalgia siguen debilitándola, quizá no necesites que alguien decida por ti, es necesario comprender qué estás perdiendo realmente y por qué esa pérdida continúa teniendo tanto poder sobre tus elecciones. En un proceso terapéutico podemos trabajar ese conflicto sin reducirlo a “debes soltar”.



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ELEGIRTE PUEDE DECEPCIONAR A OTROS

Hay decisiones que no parecen difíciles cuando las pensamos en soledad, sabemos que una relación ya no puede continuar de la misma manera, reconocemos que un trabajo ha dejado de representar lo que buscamos, comprendemos que necesitamos establecer un límite, incluso podemos imaginar con claridad cómo sería nuestra vida después de realizar ese cambio. 


La dificultad aparece cuando pensamos en las personas que podrían sentirse decepcionadas.


Muchas decisiones importantes no permanecen detenidas por falta de claridad, a riesgo de equivocarme, permanecen detenidas porque sabemos que nuestra elección modificará el lugar que ocupamos en la vida de alguien.


Una familia puede haber construido expectativas sobre nuestra profesión, nuestra pareja o la manera en que deberíamos vivir, una relación puede haberse acostumbrado a que siempre cedamos, los amigos pueden esperar que sigamos disponibles, aunque nuestra vida haya cambiado, los hijos pueden resistirse a una decisión que altera una dinámica conocida.


También puede suceder algo menos evidente. Algunas personas aprendieron a reconocernos únicamente a través de la función que cumplíamos para ellas, quien siempre resolvía, aceptaba, evitaba los conflictos, estaba disponible, nunca necesitaba nada y cuando comenzamos a actuar de otra manera, no todos interpretan ese cambio como crecimiento, algunos lo perciben como abandono, ingratitud o egoísmo.


Según lo que yo pienso, una parte importante del trabajo de El Enamorado aparece cuando tenemos que distinguir entre considerar a los demás y entregarles la autoridad sobre nuestra existencia.


Considerar a alguien implica reconocer que nuestras decisiones pueden afectarlo, escuchar lo que siente y asumir las consecuencias de nuestros actos. Entregarle nuestra vida implica renunciar sistemáticamente a lo que necesitamos para evitar su decepción. No son lo mismo.


Podemos amar profundamente a nuestra familia y no elegir el camino que imaginó para nosotros. Podemos cuidar una relación y, aun así, negarnos a continuar aceptando algo que nos destruye. Podemos reconocer el dolor que una decisión provoca sin concluir que por eso debemos abandonarla. 


Elegirnos no nos libera de la responsabilidad afectiva, tampoco nos obliga a vivir como respuesta a las expectativas ajenas. La dificultad consiste en sostener ambas cosas, reconocer que los demás existen, sin convertir sus necesidades en el único criterio para decidir quiénes debemos ser.


Hay personas que pasan años intentando evitar la decepción de alguien, pero cuando finalmente miran su propia vida, descubren que la persona más decepcionada es aquella en la que se convirtieron para conseguirlo.


No siempre se trata de romper vínculos, en ocasiones se trata de permitir que cambien, que la relación deje de depender de nuestra obediencia, que el afecto pueda existir sin exigir la renuncia personal, que los demás conozcan una parte de nosotros que nunca tuvo espacio mientras intentábamos satisfacerlos.


No quiero afirmar que toda decisión personal sea correcta por el simple hecho de ser nuestra, también podemos equivocarnos, actuar impulsivamente o disfrazar de amor propio una falta de responsabilidad, pero tampoco toda decepción ajena demuestra que elegimos mal, a veces solamente demuestra que dejamos de cumplir una expectativa.


La pregunta difícil no es si alguien se molestará, probablemente alguien lo haga, la pregunta es otra:


¿Cuánto de la vida que llevas fue elegido por ti y cuánto fue construido para no decepcionar a quienes necesitabas conservar?


Si una decisión importante lleva tiempo esperando porque temes perder el afecto, la aprobación o el lugar que ocupas en una relación, quizá no necesites otra opinión sobre lo que deberías hacer, tal vez necesites comprender por qué el desacuerdo de los demás sigue teniendo tanta autoridad sobre tu vida.


En un proceso terapéutico podemos explorar ese conflicto sin decidir por ti y sin reducirlo a una consigna sobre “ponerte primero”.


"De EL LOCO a EL MUNDO"

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