ESTAR OCUPADO TAMBIÉN PUEDE SER UNA FORMA DE EVITARTE

Hay personas que funcionan mejor cuando tienen muchas cosas que hacer, se levantan temprano, trabajan, resuelven problemas, atienden responsabilidades familiares, desarrollan proyectos, ayudan a otras personas, organizan lo que sigue, cuando termina una actividad ya están pensando en la siguiente.


Pueden parecer disciplinadas, responsables y productivas, probablemente lo sean, pero eso no impide que toda esa actividad pueda cumplir también otra función.


Hay una pregunta sencilla que puede resultar bastante difícil: ¿Qué ocurre cuando finalmente no tienen nada que hacer?


Para algunas personas aparece tranquilidad, pueden leer, caminar, dormir, escuchar música, conversar o simplemente pasar un rato sin producir nada.


Para otras, la experiencia es diferente, después de poco tiempo aparece una inquietud, necesitan revisar el teléfono, buscar algo pendiente, ordenar algo, pensar en el trabajo, iniciar un proyecto, resolver un problema que perfectamente podría esperar.


No necesariamente existe una decisión consciente detrás de esa conducta, la persona puede creer simplemente que “no sabe estar quieta”.


Uno de los conflictos de El Carro puede encontrarse precisamente ahí, tenemos una enorme capacidad para movernos hacia afuera y muy poca disposición para observar lo que sucede cuando el movimiento disminuye.


Mientras hacemos cosas, muchas experiencias interiores pueden permanecer en segundo plano, una relación que hace tiempo dejó de sentirse cercana, un duelo que nunca terminamos de elaborar, el cansancio de sostener una determinada forma de vida, una sensación de soledad que desaparece mientras estamos acompañados o trabajando, el miedo a no saber qué queremos hacer con los siguientes años, incluso preguntas mucho más sencillas.


¿Estoy contento?

¿Todavía disfruto esto?

¿Quiero continuar viviendo de esta manera?


No todas estas preguntas aparecen como pensamientos claramente formulados, en ocasiones aparecen como ansiedad, irritabilidad, aburrimiento, insomnio, una necesidad difícil de explicar de volver a hacer algo.


Entonces llenamos nuevamente el espacio y la sensación disminuye, esto puede repetirse durante años sin producir un problema evidente, de hecho, socialmente puede ser recompensado, la persona que nunca se detiene suele ser considerada responsable, quien trabaja más recibe reconocimiento, quien siempre resuelve se vuelve indispensable, quien está disponible para todos termina siendo admirado por su generosidad, por eso resulta difícil preguntarnos si algo aparentemente tan valioso también puede estar protegiéndonos de otra experiencia.


No creo que la respuesta sea trabajar menos, eso sería demasiado sencillo, hay personas que disfrutan profundamente una vida llena de actividad, hay momentos en los que nuestros proyectos necesitan una gran cantidad de trabajo, también existen responsabilidades que no desaparecen porque decidamos hacer trabajo interior, la cantidad de actividades no nos dice necesariamente qué está ocurriendo, la pregunta importante puede ser otra:


¿Puedes detenerte cuando no existe nada que te obligue a continuar?


Porque existe una diferencia entre tener mucho que hacer y necesitar tener siempre algo que hacer, la primera pertenece a las circunstancias, la segunda merece ser escuchada.


A veces descubrimos esa diferencia durante unas vacaciones, la persona que llevaba meses diciendo que necesitaba descansar llega finalmente al lugar donde puede hacerlo y, después de unas horas, comienza a sentirse inquieta, necesita organizar recorridos, visitar lugares, revisar mensajes, responder asuntos laborales, hacer algo.


No era únicamente cansancio lo que llevaba consigo, también había perdido cierta capacidad para permanecer consigo misma cuando ninguna obligación organizaba el día.


Algo parecido puede ocurrir después de alcanzar una meta, durante meses o años hubo un objetivo, todo estaba dirigido hacia él, cuando finalmente se consigue aparece una satisfacción breve y después una sensación extraña.


¿Ahora qué?


Antes de permanecer demasiado tiempo frente a esa pregunta aparece otra meta, otro proyecto, otra dificultad que resolver, el movimiento regresa y con él vuelve una identidad conocida, soy quien hace, quien consigue, quien ayuda, quien resuelve, quien continúa, pero hay una pregunta que esa identidad no responde:


¿Quién soy cuando no estoy haciendo ninguna de esas cosas?


Hasta cierto punto, podemos construir una relación con nosotros mismos basada casi exclusivamente en nuestra función, sabemos qué hacemos, sabemos qué responsabilidades tenemos, sabemos qué esperan los demás de nosotros, sabemos qué queremos conseguir, pero sabemos mucho menos acerca de quién aparece cuando todas esas funciones dejan de ser necesarias durante unas horas.


Por eso detenernos puede resultar más difícil de lo que imaginamos, el silencio no siempre está vacío, en ocasiones está lleno de aquello para lo que nunca encontramos tiempo.


No creo que debamos obligarnos a permanecer en silencio esperando encontrar una gran verdad escondida, el trabajo interior tampoco necesita convertirse en otra tarea que cumplir, me interesa algo diferente, observar qué hacemos cuando no tenemos que hacer nada, qué aparece, qué intentamos llenar inmediatamente, qué pensamiento evitamos, qué emoción se vuelve más perceptible, qué pregunta comienza a incomodarnos.


Una parte del trabajo de El Carro no consiste únicamente en aprender a utilizar nuestra fuerza para avanzar, también puede consistir en descubrir si somos capaces de no utilizarla durante un momento sin sentir que algo dentro de nosotros comienza a derrumbarse, porque una persona verdaderamente capaz de dirigir su movimiento necesita, hasta cierto punto, poder decidir cuándo moverse, si no podemos detenernos, quizá ya no estamos dirigiendo toda esa fuerza, tal vez una parte de ella también nos dirige a nosotros.


Quiero dejarte una pregunta, cuando desaparecen por un momento el trabajo, las responsabilidades, los problemas de los demás y todo aquello que tienes que resolver: ¿Qué queda de ti y qué aparece dentro de ese espacio?


No necesitas responderla inmediatamente, pero si descubres que cada espacio vacío necesita ser llenado con actividad, quizá la pregunta no sea cómo aprender a descansar, puede ser mucho más interesante comprender qué ocurre cuando finalmente te encuentras contigo sin nada que hacer.


Si ese encuentro produce una inquietud que hace tiempo intentas mantener ocupada, podemos explorarla dentro de un proceso terapéutico.


"De EL LOCO a EL MUNDO"

Método Psicoevolutivo de Transformación Arquetípica.


Contacto: WhatsApp +52 55 3119 8189




NO TODO LO QUE TE HACE AVANZAR TE HACE CRECER

Hay personas que pueden mirar diez años hacia atrás y reconocer cuánto ha cambiado su vida, ganaron más dinero, terminaron una carrera, construyeron una empresa, aprendieron otro idioma, viajaron, formaron una familia, superaron dificultades que en algún momento parecían imposibles, adquirieron conocimientos que modificaron la manera en que comprenden el mundo.


Si comparan sus circunstancias actuales con las de hace una década, la diferencia puede ser enorme, a riesgo de equivocarme, existe otra comparación mucho más difícil: ¿Cuánto cambió la persona que vive dentro de esas nuevas circunstancias?


No me refiero a si aprendió más, tampoco a si ahora sabe tomar mejores decisiones profesionales o administrar mejor su dinero, me refiero a algo menos visible.


¿Cómo responde hoy cuando alguien la rechaza?

¿Qué ocurre cuando siente que puede perder a una persona importante?

¿Cuánto necesita demostrar su valor?

¿Cómo reacciona cuando recibe una crítica?

¿Qué hace frente al miedo, la frustración o la incertidumbre?

¿Cuánto ha cambiado su manera de relacionarse con quienes ama?


Ahí la respuesta puede ser diferente.


Según lo que yo pienso, uno de los conflictos de El Carro aparece cuando confundimos el crecimiento exterior con una transformación interior.


No porque una cosa sea superior a la otra, ambas son importantes, mejorar nuestras condiciones materiales puede proporcionarnos seguridad, libertad y posibilidades que antes no teníamos, estudiar amplía nuestros recursos, desarrollar una profesión puede construir una vida digna, conseguir objetivos también puede producir satisfacción y confianza, pero ninguna de esas cosas garantiza por sí sola que nuestra relación con nosotros mismos haya cambiado.


Una persona puede pasar de depender económicamente de su familia a tener completa independencia y continuar necesitando su aprobación para cada decisión importante. Puede convertirse en una profesional reconocida y seguir sintiéndose como aquella persona que necesita demostrar constantemente que merece estar ahí. Puede acumular conocimientos psicológicos y utilizar ese mismo conocimiento para explicar perfectamente por qué repite algo sin conseguir dejar de hacerlo. Incluso puede iniciar diferentes procesos terapéuticos y convertir la terapia en otra forma de saber más sobre sí misma sin modificar aquello que hace con ese conocimiento.


Comprender no siempre transforma, conseguir tampoco.


Hay avances que modifican el escenario y dejan intacto al personaje, esto explica, hasta cierto punto, una experiencia que algunas personas tienen cuando finalmente alcanzan aquello que durante años persiguieron, pensaban que cuando consiguieran cierto ingreso se sentirían seguras y no fue así, creyeron que una pareja estable terminaría con una sensación de soledad, llegó la relación y la soledad continuó apareciendo de otra manera, supusieron que el reconocimiento profesional les daría confianza, cuando lo obtuvieron descubrieron que necesitaban conservarlo constantemente.


Lo que buscaban afuera era real, pero quizá también estaban esperando que ese logro resolviera algo para lo que nunca fue diseñado.


No creo que esto signifique abandonar nuestras metas, me parece mucho más interesante preguntarnos qué esperábamos que hagan esas metas por nosotros, porque una meta económica puede mejorar nuestra economía, pero no necesariamente nuestra autoestima, una relación puede ofrecernos compañía, pero no garantiza que dejemos de sentir miedo al abandono, el conocimiento puede ayudarnos a comprender, pero no asegura que tengamos la capacidad de actuar de acuerdo con lo comprendido.


Una parte importante del trabajo interior consiste precisamente en distinguir esos niveles, podemos celebrar lo que conseguimos sin utilizarlo como evidencia de que ya resolvimos aquello que todavía permanece.


Tal vez por eso hay personas con vidas aparentemente exitosas que llegan a terapia preguntándose por qué continúan sintiendo o repitiendo ciertas cosas, no les falta inteligencia, no les falta esfuerzo, no les faltan resultados, en ocasiones les sobra capacidad para producir cambios externos y todavía necesitan aprender a producir cambios en la forma de relacionarse consigo mismas.


La pregunta no es si has avanzado, eso puede ser evidente, la pregunta es otra:


¿Qué parte de ti se ha transformado mientras tu vida cambiaba y qué parte continúa reaccionando como si todos esos años no hubieran pasado?


No necesitas despreciar tus logros para responderla, al contrario, puedes reconocer todo lo que construiste y, al mismo tiempo, aceptar que algunos aspectos de tu vida interior necesitan un trabajo diferente, porque evolucionar no consiste únicamente en llegar más lejos, también implica que quien llega no sea exactamente la misma persona que comenzó el recorrido.


Si has avanzado profesional, económica o intelectualmente, pero encuentras conflictos que continúan repitiéndose a pesar de todo lo aprendido, quizá no necesites otra meta, puede ser necesario trabajar aquello que el progreso externo nunca tuvo la capacidad de resolver, en un proceso terapéutico podemos explorar esa diferencia.


"De EL LOCO a EL MUNDO"

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PUEDES AVANZAR SIN SABER HACIA DÓNDE VAS

Hay personas que parecen tener una vida perfectamente encaminada, trabajan, cumplen responsabilidades, resuelven problemas, construyen proyectos, obtienen resultados, cuando aparece un obstáculo buscan una solución y continúan, parece que saben exactamente hacia dónde van, pero a riesgo de equivocarme, no siempre es así, existe una diferencia importante entre saber avanzar y saber hacia dónde queremos dirigir nuestra vida.


Podemos aprender a cumplir objetivos sin preguntarnos durante años si esos objetivos todavía nos representan. 


Una persona puede ingresar a una profesión porque realmente le interesaba, con el tiempo obtiene experiencia, reconocimiento y estabilidad, todo indica que debe continuar, sin embargo, en algún momento descubre que ya no siente interés por aquello que durante años definió buena parte de su identidad.


Otra puede establecer una meta económica porque necesita seguridad, consigue aquello que buscaba, aumenta después la cantidad y continúa trabajando más, cada nuevo ingreso produce tranquilidad durante poco tiempo antes de convertirse en el nuevo mínimo necesario, después continúa exigiéndose más y la seguridad nunca llega.


También podemos mantener una relación, un proyecto o una manera de vivir porque funcionan bien, nada parece justificar un cambio y precisamente por eso dejamos de preguntarnos si todavía deberíamos estar ahí.


Según lo que yo pienso, uno de los conflictos más interesantes de El Carro aparece cuando confundimos movimiento con dirección. Moverse significa que algo está ocurriendo, tener dirección implica saber por qué queremos continuar hacia ese lugar, no son lo mismo.


Podemos avanzar rápidamente hacia algo que ya no deseamos, podemos ser disciplinados dentro de una vida que dejó de representarnos, podemos conseguir resultados que hace tiempo dejaron de responder a nuestras necesidades, incluso podemos sentir orgullo por nuestra capacidad de continuar mientras evitamos una pregunta difícil:


¿Todavía quiero llegar a donde todo esto me está llevando?


Esta pregunta no pretende convertir el movimiento en algo negativo, hay etapas en las que necesitamos actuar, construir, producir y asumir responsabilidades, el esfuerzo es fundamental en la vida, el problema aparece cuando avanzar se vuelve una respuesta automática, cuando detenernos para revisar una dirección comienza a sentirse como pérdida de tiempo, cuando cualquier pausa provoca culpa, cuando cambiar de objetivo parece invalidar todo lo que hicimos anteriormente.


En esos momentos, la propia capacidad puede convertirse en una dificultad, sabemos hacer tanto que podemos mantener durante años situaciones que otra persona habría tenido que cuestionar mucho antes, podemos resolver el cansancio organizándonos mejor, la insatisfacción la convertimos en una nueva meta, para la falta de sentido se llena la agenda y el vacío lo convertimos en otro proyecto. Cada solución permite continuar, pero no responde a la pregunta que está intentando manifestarse.


Hay personas que llegan a terapia sin una crisis evidente, no están destruidas, no dejaron de funcionar, no necesariamente presentan un problema que pueda explicarse en palabras, simplemente comenzaron a sospechar que la vida que saben sostener no es exactamente la vida que quieren continuar viviendo.


Esa pregunta se reprime porque resulta más difícil de responder que resolver un problema concreto, porque no existe algo externo a lo que podamos culpar, tal vez el trabajo funciona, la relación también, las responsabilidades están cubiertas, los resultados llegan y aun así aparece una sensación difícil de nombrar. No falta movimiento, falta dirección interior.


Una parte importante del trabajo con El Carro consiste, según lo que yo pienso, en aprender a dirigir nuestra potencia y no únicamente en demostrar que podemos utilizarla.


Porque tener fuerza no responde qué hacer con ella, tener disciplina no determina qué merece nuestro esfuerzo, ser capaz de conseguir algo tampoco demuestra que debamos seguir persiguiéndolo, en algún momento necesitamos revisar qué queremos construir con todo aquello que sabemos hacer.


Quiero dejarte dos preguntas.


¿La dirección actual de tu vida fue elegida por la persona que eres hoy o por una versión de ti que hace años decidió hacia dónde debía llegar?


Y si dejaras de preguntarte qué sigue.


 ¿Qué tendrías que preguntarte sobre la vida que ya tienes?


No necesitan una respuesta inmediata, de hecho, quizá responderlas demasiado rápido sea otra forma de continuar avanzando con sentido aparente, pero sin dirección profunda.


Sí externamente tu vida funciona, pero interiormente empiezas a cuestionar su dirección, quizá no necesites una nueva meta, puede ser necesario comprender qué buscas realmente antes de volver a poner toda tu fuerza en movimiento, en un proceso terapéutico podemos trabajar esa pregunta sin decirte hacia dónde debes ir.


"De EL LOCO a EL MUNDO"

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