Una de las cosas más extrañas que ocurren en algunas personas es esta: son excelentes para dar, pero sin darse cuenta, no saben recibir.
Dan tiempo, dan atención, dan apoyo, dan soluciones, siempre están disponibles para otros, siempre encuentran la forma de sostener, y por eso suelen ser muy valoradas.
La gente las busca cuando tiene problemas, confía en ellas, se apoya en ellas, pero hay una pregunta que rara vez se hacen ¿Qué ocurre cuando son ellas quienes necesitan algo?, ahí aparece una dificultad enorme, porque ayudar se siente natural, recibir no.
El Emperador en manifestación suele haber construido su identidad alrededor de la autosuficiencia.
Aprendió que ser fuerte era resolver, que ser maduro era no necesitar demasiado, que depender podía ser peligroso. Esa estrategia funcionó durante años, le permitió sostenerse, le permitió sobrevivir, pero también dejó una consecuencia no tal fácil de percibir “la incapacidad de recibir.”
No porque nadie quiera dar o apoyar, más bien es porque recibir implica bajar la guardia, implica reconocer cansancio, reconocer necesidad, reconocer que hay momentos donde no puedes solo, y eso, puede sentirse amenazante para alguien que lleva toda la vida sosteniéndose desde la fortaleza.
Por eso muchas personas rechazan ayuda sin darse cuenta, la minimizan, la justifican, la devuelven inmediatamente, porque quedar en posición de necesidad activa algo muy profundo, la sensación de vulnerabilidad.
Aquí aparece una paradoja, algo dolorosa: personas que pasan años cuidando a otros sin permitirse ser cuidadas.
Personas que anhelan cercanía emocional, pero no saben cómo recibirla cuando aparece. Personas que desean apoyo, pero sienten culpa o incomodidad cuando alguien intenta ofrecerlo.
Vivir así genera una soledad muy particular, no la soledad de no tener gente, la soledad de no dejar entrar a nadie, porque, mientras dar te mantiene en control, recibir te expone.
Si nunca aprendes a recibir, las relaciones terminan girando alrededor de lo que haces por los demás, no de quién eres realmente.
𝑳𝒂 𝒊𝒏𝒕𝒆𝒈𝒓𝒂𝒄𝒊𝒐́𝒏 𝒆𝒎𝒑𝒊𝒆𝒛𝒂 𝒄𝒖𝒂𝒏𝒅𝒐 𝒄𝒐𝒎𝒑𝒓𝒆𝒏𝒅𝒆𝒔 𝒂𝒍𝒈𝒐 𝒇𝒖𝒏𝒅𝒂𝒎𝒆𝒏𝒕𝒂𝒍: 𝒅𝒆𝒋𝒂𝒓𝒕𝒆 𝒄𝒖𝒊𝒅𝒂𝒓 𝒏𝒐 𝒕𝒆 𝒉𝒂𝒄𝒆 𝒅𝒆́𝒃𝒊𝒍, 𝒕𝒆 𝒉𝒂𝒄𝒆 𝒉𝒖𝒎𝒂𝒏𝒐.
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