Hay una frase que utilizo algunas veces durante el trabajo con mis pacientes: “Oblígate a hacer lo que deseas hacer”.
Puede parecer contradictoria. Si realmente queremos hacer algo, podríamos pensar que debería surgir espontáneamente el deseo de hacerlo y que obligarnos sería una señal de que en realidad no lo queremos. Sin embargo, nuestra experiencia cotidiana suele mostrarnos algo bastante diferente.
Podemos desear mejorar nuestra condición física y no tener ganas de levantarnos a entrenar. Podemos querer terminar un proyecto y preferir hacer cualquier otra cosa cuando llega el momento de trabajar. Podemos querer estudiar, ahorrar dinero, ordenar algún aspecto de nuestra vida o abandonar una conducta que sabemos que nos perjudica y, llegado el momento concreto, sentir muchas más ganas de hacer exactamente lo contrario.
Eso no necesariamente significa que nuestro deseo sea falso.
Significa que lo que deseamos para nuestra vida y lo que tenemos ganas de hacer en un momento determinado no siempre coinciden.
Según lo que yo pienso, esta diferencia es importante porque algunas personas esperan sentir ganas para comenzar a hacer aquello que desean. Mientras la motivación está presente avanzan con bastante facilidad, pero cuando desaparece comienzan las negociaciones: hoy estoy cansado, mañana tendré más tiempo, esta semana ha sido complicada, por una vez no pasa nada, el lunes comienzo nuevamente.
Cada argumento considerado de manera independiente puede ser perfectamente razonable. El problema aparece cuando llevamos meses o años produciendo argumentos razonables para no hacer aquello que nosotros mismos decimos que queremos hacer.
Ahí utilizo esa frase: oblígate a hacer lo que deseas hacer.
No me refiero a convertir nuestra vida en una disciplina rígida ni a cumplir ciegamente cualquier decisión que hayamos tomado. Tenemos derecho a cambiar de opinión. Podemos descubrir que algo dejó de interesarnos, reconocer que elegimos equivocadamente o comprender que nuestras circunstancias actuales requieren otra decisión.
Cambiar conscientemente una decisión porque nuestras razones cambiaron es completamente diferente a renegociarla cada vez que cumplirla requiere hacer algo que momentáneamente no queremos hacer.
A riesgo de equivocarme, hay momentos en los que seguir negociando con nosotros mismos deja de ser una forma de reflexión y se convierte en una manera bastante sofisticada de postergar.
Ya sabemos que queremos hacerlo. Ya sabemos por qué lo queremos. Ya tomamos una decisión. Lo único que ocurre es que hoy no tenemos ganas de realizar la parte necesaria para sostenerla.
En esos momentos quizá no necesitamos volver a preguntarnos qué queremos.
Necesitamos levantarnos y hacerlo.
Para mí, ahí aparece una integración muy importante de El Carro y de su idea de conquista de uno mismo. No se trata de derrotar una parte de nosotros ni de imponer permanentemente la voluntad sobre cualquier necesidad. Se trata de aprender a conducir nuestra conducta cuando aquello que deseamos construir y aquello que nos resulta agradable inmediatamente toman caminos diferentes.
Hay además otro aspecto que considero importante: la palabra que nos otorgamos.
Cuando le damos nuestra palabra a otra persona solemos comprender que existe un compromiso. Si constantemente prometemos algo y no lo cumplimos, esa persona terminará dejando de confiar en nosotros. Curiosamente, podemos hacer algo semejante con nosotros mismos sin detenernos demasiado a pensar en sus consecuencias.
Decimos que mañana comenzaremos, que esta vez terminaremos, que vamos a dejar determinada conducta, que utilizaremos nuestro tiempo de otra manera o que finalmente haremos aquello que llevamos meses postergando. Después llega el momento y negociamos nuevamente.
Si esto se repite muchas veces, el problema deja de ser únicamente aquello que no conseguimos hacer. También podemos comenzar a perder confianza en nuestra propia palabra.
Nos decimos “ahora sí” y una parte de nosotros ya sabe que probablemente no sea cierto.
Recuperar esa confianza no requiere hacer promesas más grandes. Tal vez comienza haciendo aquello que decidimos hacer, especialmente en esos días en que no tenemos demasiadas ganas.
Esto también puede ser trabajado en un proceso terapéutico porque no toda postergación se resuelve con disciplina. Algunas veces necesitamos comprender por qué negociamos determinadas decisiones, qué evitamos cuando llega el momento de llevarlas a la realidad y por qué podemos sostener compromisos con otras personas mientras nuestros propios compromisos son siempre los primeros que estamos dispuestos a modificar.
¿Cuántas cosas dices que deseas mientras esperas tener ganas de hacer lo necesario para conseguirlas?
Tal vez una parte de la conquista de nosotros mismos consiste precisamente en eso: que aquello que decidimos conscientemente para nuestra vida tenga suficiente valor como para conducir nuestra conducta también cuando nuestras ganas momentáneas quieren otra cosa.
Hay momentos para reconsiderar nuestras decisiones.
Y hay momentos para dejar de negociar, levantarnos y hacer lo que deseamos hacer.
Si reconoces con claridad aquello que quieres, pero constantemente terminas negociando contigo mismo las acciones necesarias para conseguirlo, podemos comenzar a trabajar desde ahí.
"De EL LOCO a EL MUNDO"
Método Psicoevolutivo de Transformación Arquetípica.
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